30 abril 2010

LOS ORIGENES DE QUILPUE

Quilpué nace como lugar poblado, en una fecha imposible de determinar, probablemente hacia mediados del siglo XVII o a principios del siglo XVIII, en medio de bosquecillos y tupidos matorrales de espinos, tebos, boldos, pataguas, litres, palmas y quiscos, quizá si en el sitio de un anterior asentamiento pikunche, como fue costumbre de los poblados españoles. Y nació, justamente, en un sector del valle especialmente privilegiado por la pre-existencia de varios monumentos megalíticos actualmente desaparecidos debido a la destrucción que sufrieron desde mediados del siglo XIX. En efecto, cerca de los primeros ranchos de quincha que fueron el núcleo original de Quilpué, había vestigios líticos de gran importancia y que en buena parte fueron conocidos, estudiados y descritos por el doctor Francisco Fonck. Pero ya la construcción del ferrocarril, decenios antes, había significado la destrucción de otros grupos de piedras tacitas cercanas al tendido de la vía férrea, la que necesitaba de piedra para el asentamiento de los rieles.
Indudablemente se trató de unos cuantos ranchos de paredes de quincha embarrada de una o dos habitaciones, con techos pajizos, habitados por gañanes, peones e inquilinos de la ya desaparecida Hacienda de Queupoa o Queupue. Originalmente, hasta la propia casa patronal de la hacienda fue hecha de quinchas y techos de paja, hasta que, finalmente, se reconstruiría en adobones. No se conoce el dueño original de la Hacienda de Quilpué, aunque la mitología local, alimentada por algunos hechos conocidos y adornada al fragor del deseo de un origen heroico, haya dicho que Rodrigo de Araya, a quien el Cabildo de Santiago otorgó algunas tierras junto al estero Marga-Marga, fue su primer propietario y hasta que levantó casas en Quilpué y que, afinando aún más el mito, esa primera construcción estuviera donde hoy se encuentra la Casa Consistorial de Quilpué.
Nada más alejado de la realidad. En realidad, a Rodrigo de Araya se le asignaron unas tierras, junto a otros asignatarios, cerca o junto al estero donde se explotaban los lavaderos de oro.


Un rancho de a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Un buen ejemplo de lo que eran la mayoría de las viviendas durante el siglo XIX y que en los campos se vió hasta bien avanzado el siglo XX.

Al decir de testigos en un juicio entablada algún tiempo más tarde del inicio de la Colonia, las tierras de Quilpué, esto es, del sector del valle que conforma la hoya del estero de Quilpué (y diferente del estero Marga-Marga) eran mayormente tierras estériles, yermas y abandonadas, sin ningún valor real y efectivo debido a la carencia de agua para el regadío de alguna siembra que permitiera el establecimiento formal de personas. Solamente era útil en la primavera, siempre y cuando un buen invierno asegurara la existencia de los pastos necesarios para que bajaran wanaku desde las serranías circundantes, en cuyo caso los pikunche de los valles cercanos de Limache y Quillota venían a cazarlos.
Esa realidad se puede palpar hasta el día de hoy, porque es bien sabido que no existe ningún canal de regadío en el entero valle del estero de Quilpué. Tampoco existe canal de riego alguno en el valle del estero Marga-Marga. Y, como es bien sabido, desde tiempos de la dominación qhichwa, los lavaderos de oro del Marga-Marga eran abastecidos de todo lo necesario, desde maíz hasta vestuario, desde el valle de Quillota (que incluía el valle de Limache).
Los territorios originalmente bajo la administración del kuraka Tanjalonko (hermano o sobrino de Michimalonko, kuraka del valle superior del Aconcagua), fueron auto adjudicados por Pedro de Valdivia, con los cuales formó la extensa Estancia de Quillota, la que abarcaba los territorios de los valles de Puchuncaví, del Aconcagua inferior (aguas abajo de la Puntilla del Romero y la Puntilla de La Calavera), de Limache, de Marga-Marga y de Acuyo (Casablanca), hasta la Cuesta de Ibacache y el estero del Rosario. En Marga-Marga solamente se realizaron las actividades de lavado de oro en el estero; en el valle de Acuyo puso ganado y desde el valle de Quillota (Aconcagua inferior) obtenía los suministros para abastecer a quienes trabajaban en los lavaderos de oro de Marga-Marga.
Ninguna agricultura se menciona en el valle de los esteros Marga-Marga y de Quilpué, salvo, quizá, una pequeña agricultura de subsistencia que debió verificarse en los terrenos susceptibles de ser cultivados en los sectores de Paso Hondo, El Retiro y Chircana, así como en Los Perales y algunas áreas vecinas. Los principales productos de la tierra serían el maíz y el poroto pallar. Los españoles introducirían el trigo y las viñas de secano. Con el tiempo, se produciría una mayor diversidad agrícola en ciertos terrenos más aptos que la generalidad, principalmente a orillas de los esteros y de algunas quebradas y vertientes perennes.
Hacia mediados del siglo XIX, las principales aldeas o caseríos que existían en el valle eran San José de Marga-Marga, cabecera de todo el valle del estero homónimo; Paso Hondo, Quilpué, El Sauce y Chircana. Un camino bastante precario unía estos últimos cuatro caseríos. El camino venía desde las Siete Hermanas, por la orilla meridional del estero, subiendo hasta la altura de la quebrada de El Olivar. Aquí atravesaba el estero y seguidamente entraba en tierras de la Hacienda de la Viña de la Mar, ascendiendo por la quebrada de El Olivar hasta trasponer el portezuelo de Los Aromos, y descendiendo enseguida por la quebrada de El Rebaño, pasando por enfrente de las casas y bajando al estero de Quilpué, para salir de la hacienda a través del vado de Paso Hondo, y dejando atrás el caserío, remontaba por el faldeo empinado de la ribera oriental del estero, ya en tierras de la Hacienda de Quilpué. Seguía hacia el interior, con los rulos de secano a ambos lados y enfrente, a la izquierda, el verdegueante espectáculo de las viñas y otras siembras en los terrenos inclinados inmediatos al estero. El camino pasaba a la derecha del caserío de Quilpué, virando desde la actual avenida Los Carrera hacia la avenida Portales y enfilando enseguida, luego de pasar la Capilla, en dirección este-noreste, por lo que es la actual avenida Freire, hasta El Alto de Quilpué, portezuelo que salvaba y descendía luego hacia unos tupidos matorrales y bosquecillos que cubrían las riberas de la quebrada de Lo Gamboa, desde cuyo fondo el camino comenzaba a subir hacia la llanada que se va inclinando hacia el este. Pasado el lugarejo de El Sauce, estaba a la vista Chircana, con sus ranchos de quincha de chilcas sin revoque y techos pajizos, en medio de matorrales de espinos y algunos pequeños terrenos cultivados que dependían más que nada de las lluvias. El camino continuaba hacia el interior hasta alcanzar el portezuelo de Lebo, desde el cual bajaba a través del Cajón del mismo nombre hacia Queronque, en el valle de Limache, donde aparentemente, antaño, estuvo la Casa Fuerte de Chile o Casa Fuerte de Quillota, que Valdivia mandó construir para controlar a la población aborigen de Tanjalonko, demasiado levantisca para dejarla por las suyas. Este era el Camino Real. Un nombre demasiado pomposo para lo que era esta vía hasta mediados del siglo XIX, cuando no era mucho más que un camino de herradura, por lo dificultoso de practicarlo para los viajeros que se veían obligados a utilizarlo. Los viajeros que venían o iban desde o hacia Valparaíso desde o hacia Quillota, el Norte o el interior del valle del río Aconcagua, preferían usar el Camino Real de Quillota, que desde las Siete Hermanas pasaba a la Hacienda de la Viña de la Mar y desde ahí avanzaba a través de la actual calle Quillota y subía por el cerro Santa Inés hasta Gómez Carreño, continuando a Reñaca y desde ahí al valle del Aconcagua, lo que era mucho más cómodo y era incluso utilizable por carretas.


Un ejemplo de vivienda rural típica para fines del siglo XIX. Estas viviendas fueron las comunes tanto en los campos como en los pequeños pueblos durante la mayor parte del siglo XIX.

Para mediados del siglo XIX, Queupoa no pasa del medio millar de habitantes.
Por otra parte, el Camino Real antes señalado, desde la Hacienda de las Siete Hermanas hasta el valle de Limache, inmediato al caserío de Queupue o Quilpué, se dividía, donde ahora está el crucero de las avenidas Blanco, Freire y Portales, y subía por la actual avenida Blanco para luego tomar en dirección hacia el valle del Marga-Marga. Para evitar lo difícil de la parte alta de la actual avenida Blanco, algunos carreteros conducían sus vehículos un poco más al norte, por la quebrada de Lo Gamboa, y tomaban el Camino Real desde dicha quebrada, bajando por lo que ahora es la avenida Freire.
Con el tiempo, y a mediados del siglo XIX, los asaltos a las carretas y a muchos viajeros solitarios en la hondonada de la quebrada de Los Gamboa, hizo que el tráfico proveniente de Marga-Marga y de Colliguay y Casablanca retomara principalmente el camino que bajaba a Quilpué a través de la actual avenida Blanco.
El bandidaje centrado en el paso de la quebrada de Lo Gamboa, sin embargo, hizo que los viajeros y carreteros tomaran precauciones y no se arriesgaran a cruzar por este lugar al atardecer ni menos por la noche. Los resguardos se limitaban a acompañar a las diligencias y a las carretas hasta que atravesaran la quebrada de Los Gamboa en dirección al interior.
El ferrocarril no solamente significó progreso y un nuevo y sostenido impulso al transporte de mercaderías, ganado y pasajeros desde y hacia el interior. También provocó una caída ostensible en el tráfico carretero, lo que hizo, además, que desapareciera todo bandidaje en el área debido a que la mayor parte de la gente que transportaba valores o mercaderías ahora prefería usar el tren, debido a la seguridad y rapidez. Lo mismo en el caso de los pasajeros. El tráfico carretero se limitó, durante mucho tiempo, al relacionado con las necesidades locales.
Ni que decir que el impulso al progreso y desarrollo se debe a la visión del ingeniero inglés Allan Campbell, quien consideró que el trazado original por Reñaca y Concón adolecía de muchos problemas para su implementación y mantención, en tanto que por la quebrada del estero de Quilpué iba a significar réditos a la brevedad, en el momento mismo en que las vías quedaran instaladas y se abrieran las estaciones necesarias.
El progreso y desarrollo de Quilpué vino de la mano con la construcción del ferrocarril durante la segunda mitad del siglo XIX. El ferrocarril fue el que le dio al viejo, soñoliento y olvidado caserío de Queupoa el desarrollo urbano, comercial e industrial, configurando una sólida economía local, además de servir de nexo a los mercados locales. La línea férrea, a pesar de pasar por en medio de la ciudad, no significó una división en sí sino que, más bien, fue el elemento aglutinador de caseríos y mercados, teniendo la posibilidad de tener una comunicación constante con el primer puerto de la República de entonces, Valparaíso. Y fue así como en torno al ferrocarril, que fue el eje del progreso y sostenimiento de la población y de sus actividades económicas, el caserío rápidamente se transformó en una aldea y ésta en una villa, que antes de terminar el siglo mereció que el Gobierno le otorgara el título de ciudad.
En cuanto a la economía local, Benjamín Vicuña Mackenna escribió que la estación de Quilpué se alimentaba “con los productos caseros que traen a Valparaiso de todos los contrafuertes del gran reducto central que separa el valle de Santiago de el de Limache. El romántico e inexpugnable Colliguay con todos sus espolones i quebradas; las ricas uvas de Lepe, cuyo cajón cae a Curacaví; el carbon de su olorosa madera (el colliguay); los pocos cerales del Retiro i de las hijuelas colindantes, i especialmente los frutos de los ocho fundos de la antigua hacienda de Malga-Malga: hé aquí los principales centros comerciales que alimentan este paradero, al parecer insignificantes. En cambio, los Arayas i los Valencias tienen cada uno su bodegon para surtir aquellos mismos parajes montañosos.”
Quilpué tuvo su polo de desarrollo en lo que es el ferrocarril durante el resto del siglo XIX, debido a que era un punto estratégico, de encuentro, entre dos polos principales de desarrollo y progreso, como lo eran, sin duda alguna, Valparaíso y Santiago. Y sería esta conectividad el punto esencial de Quilpué. No obstante, lo que tiene que evidenciarse y dejar en claro es que Quilpué, como producto de una conectividad, va adquiriendo un dinamismo demográfico y económico durante el transcurso del siglo XIX (en especial desde la llegada del ferrocarril) que le llevará a experimentar una verdadera explosión demográfica, protagonizada sobre todo por una enorme inmigración, creando primero la figura de una ciudad-dormitorio —que hasta la actualidad no puede superar— dependiente de las ciudades vecinas de Viña del Mar y Valparaíso, que es donde trabaja y se desempeña la mayoría de los quilpueínos. El desarrollo demográfico, comercial, comunicacional e inmobiliario de Quilpué ha sido fundamental para que se convierta, actualmente, en la flamante capital de la Provincia de Marga-Marga.
Y es, desde todo punto de vista, el ferrocarril lo que ha generado y promovido el desarrollo que la ciudad y la comuna de Quilpué, como un todo, han experimentado hasta la actualidad. Aunque el ferrocarril ya no tenga la misma importancia que tuvo en el siglo XIX o durante las primeras siete décadas del siglo XX, la semilla germinó al punto de dar lugar al nacimiento de un polo de desarrollo demográfico, comercial, industrial, inmobiliario y comunicacional que ya no puede ser detenido. Es por ello que se debe reivindicar al ferrocarril como el agente principal del desarrollo de la ciudad y de la comuna durante la segunda mitad del siglo XIX y casi todo el siglo XX.
En la actualidad, el ferrocarril —pomposa, cursi y siúticamente llamado “metro”, lo que es un error desde todo punto de vista, ya que no pasa de ser un ferrocarril con unas cuantas estaciones— es solamente otro sistema de transporte y comunicaciones, siendo preferidos, nuevamente, las comunicaciones y el transporte por carreteras, incluso entre las ciudades y localidades que conforman la nueva Provincia de Marga-Marga.

19 abril 2010

LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO


Vista nocturna de la fachada y la torre de la iglesia parroquial de Quilpué.

Los orígenes
De acuerdo a la tradición local, que se apoya en algunos documentos de la época, fue en 1818, en los albores mismos de la Independencia nacional, cuando los habitantes del caserío de Queupué, que no sumaban más de 200, consideraron oportuno contar con una iglesia, a objeto de tener los servicios religiosos más cerca y no tener que ir a Casablanca, a Limache o a Viña del Mar, un viaje que era costoso no solamente en razones de tiempo, sino también de seguridad, sobre todo debido a los frecuentes asaltos a las diligencias y a los viajeros solitarios que se desplazaban por los escabrosos caminos de la época.
La solución al problema de no contar con una iglesia vino de parte de doña Petronila Valencia, como consta en el Título de Propiedad de la parroquia actual, y que dice, en parte: “En la Hacienda de Queupue, jurisdicción del Partido de Casablanca, a 22 días del mes de Octubre de 1818, ante mí, el Juez Celador i testigo, compareció doña Petronila Balencia, a quien doi fe que conozco, vecina de este Distrito i legítima heredera de estas tierras i dijo: que hallándose dicho lugar sin un Templo donde los fieles tributen al Dios de los ejércitos, su Stma. Madre i demás Santos de la Corte celestial el debido homenaje i cumplan igualmente con los preceptos impuestos, acorde con la piedad cristiana de Don José Antonio Balencia, al redificar el que antes había desde sus cimientos…”
De esta cita se desprende claramente que para esa época, 1818, Quilpué pertenecía al Corregimiento o Partido de Casablanca y que en esos entonces el caserío se hallaba sin iglesia, la que aparentemente se hallaba arruinada por alguna calamidad natural o por el paso del tiempo, puesto que la escritura habla de “redificar el que antes había desde sus cimientos”. Para esos entonces, además, la Hacienda de Queupue era distrito del Partido de Casablanca, y Queupué misma debió haber nacido a partir de las casas originales de dicha hacienda, sin que pueda establecerse el tiempo en que ello ocurrió, ni tampoco la data de la primera iglesia del caserío, la que, sin duda, era apenas un oratorio, como se llamaba en esos entonces a las iglesias que no eran parroquias y que recibían la visita de un cura de vez en cuando, generalmente de acuerdo a un calendario previamente establecido y que incluía a todas las dependencias del parroquia o de la doctrina.
Es indudable que Queupue formó parte originalmente de una doctrina (una especie de parroquia que se establecía sobre un territorio con escasa población española y donde la tarea principal consistía en adoctrinar a los indios, a los negros y a otras gentes que no eran consideradas “españoles” y de quienes se temía por su alma). Obviamente, también, en sus orígenes, el entero valle dependía espiritualmente de Santiago, de la parroquia del Sagrario, y desde allí debían destinarse y enviarse los curas que atendían a las necesidades espirituales de los españoles, de los indios y de los negros que estaban establecidos en San José de Marga-Marga y en todo el distrito minero.
Tampoco puede negarse que el oratorio original que debió existir en Queupue o Queupoa desde tiempos inmemorales debió ser apenas una construcción de paredes de quincha de palos, chilcas y barro, con algún enlucido y techo pajizo, como debieron ser la mayoría de las construcciones del valle y del país en esos momentos.

La primera Capilla con aires de iglesia
Los materiales naturales que debieron usarse en el antiguo oratorio, obviamente no tenían una gran duración, el deterioro era rápido, a pesar de que resistían bien los embates de las fuerzas de la naturaleza, como los temporales y los terremotos.
Pero si pasó mucho tiempo sin que se realizaran mantenciones y si a ellos se añaden las vicisitudes relacionadas con el movimiento independentista, que dio mayor énfasis a los asuntos relacionados con el sustento de la guerra contra España y luego los sucesos que siguieron a la Reconquista y la subsecuente invasión del Ejército Libertador de los Andes, que concluyó con la dominación española en el país, obviamente que no habría mayor tiempo para ocuparse de la mantención de una Capilla que tendría poco uso real y efectivo en esos años.


Así debió parecer la primera Capilla que se levantó en terrenos donados por doña Petronila Valencia en 1818.

Por lo demás, las diversas y contrapuestas respuestas de la población campesina y de los dueños de la Hacienda y de los otros terrenos del valle, obviamente tendrían mucha influencia en que se hiciera o no mantención al oratorio de Queupue.
Una vez ejecutada la donación, se inició la construcción de una iglesia para el uso y beneficio espiritual de la gente del caserío, la que, por cosas de la administración eclesiástica, fue segregada de la parroquia de Casablanca y adscrita a la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Viña del Mar, también, en su momento, segregada del territorio eclesiástico de Casablanca.
La Escritura de la propiedad, en tanto, fue inscrita en el Conservador de Bienes Raíces de Limache, en el Registro de Propiedades, en la página 28, con el número 66, con fecha 23 de septiembre de 1878, porque para ese entonces la mitad septentrional del valle había sido segregada de la jurisdicción de Casablanca y agregado al territorio de nuevo Departamento y Municipio de Limache.
Sin embargo, en 1886 se produjo un fuerte enfrentamiento entre la autoridad civil de Limache y la Iglesia por la propiedad, debido a que algunos consideraban que los terrenos aledaños a la capilla eran públicos.
En este litigio, el cura párroco de Viña del Mar presentó al Juzgado de Letras de Quillota, que era el que tenía la jurisdicción sobre el asunto, una demanda en contra de la Municipalidad de Limache, “a fin de que se declarara que ésta [la municipalidad] no tenía derecho a impedir el cierro de una cuadra de tierras en que se halla la Capilla del pueblo de Quilpué, subdelegación de este Departamento, cuya cuadra de tierras fue donada para ese efecto [para construir la Capilla] por Doña Petronila Balencia, según escrito que se acompaña, otorgado el año 1818, y que al querer cerrar dicha cuadra, algunos vecinos, primero, y después la Municipalidad, se opusieron, pretendiendo que era plaza o que debía dejarse un camino atravieso por el terreno citado.”
Para sostener su posición, el cura párroco de Viña del Mar cita el artículo 119, título 18, de la Partida Tercera, y los artículos 844, 1698 y 1499 del Código Civil, declarando que la Municipalidad de Limache no puede impedir al demandante el cierro de la cuadra que pertenece a la Capilla de Quilpué, no siendo plaza pública, ni estando constituida sobre ella la servidumbre del camino.
Obviamente, el tribunal expidió un veredicto favorable a la Capilla.

Un poco de historia
Indudablemente, la historia de la iglesia parroquial, de la parroquia y de la propia ciudad corren juntas, muy parejas y no pocas veces entramadas.
Entre los hechos importantes que han ocurrido en la Capilla están las exequias de Carlos Condell, héroe del combate de Punta Gruesa, quien con la Covadonga fue capaz de vencer al acorazado peruano Independencia, un poco al sur de Iquique. Carlos Condell vivió en una casa ubicada cerca de la estación ferroviaria, en la actual calle Condell Norte. Allí murió el 24 de octubre de 1887. A su fallecimiento hubo solemnes ceremonias religiosas, con la asistencia de familiares y representantes de la Armada nacional. Enseguida, el cadáver fue trasladado en su urna a la estación, desde donde un tren especial lo llevó a Valparaíso, donde fue sepultado.
El auge que había demostrado la vieja aldea de Queupue, que ya se había transformado en un pueblo, obligó a las autoridades eclesiásticas a acceder a las continuas peticiones de los vecinos. Y, se dictó un decreto de erección de la Parroquia: “Mons. Mariano Casanova, por la gracia de Dios, la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de Santiago, etc. Por cuanto los feligreses del pueblo de Quilpué […] vienen solicitando la fundación de una parroquia en razón de la importancia que este lugar ha adquirido y para ello han contribuido a la fábrica de una Capilla, casa Parroquial y desde tiempo muy remoto un cementerio bendito, habiendo donado por testamento a favor de la capilla titulada del Rosario la Señora Doña Petronila Balencia una cuadra de terreno en el centro del pueblo, erijimos una nueva Parroquia bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, cuya fiesta deberá celebrarse anualmente con todo esplendor, como titular.”
La revolución de 1891, que derrocó al presidente constitucional José M. Balmaceda, fue sancionada definitivamente en Quilpué, después de la batalla de Concón. Desde la estación de Quilpué se retiraron a Santiago el Presidente de la República y los restos del ejército constitucional que fueron barridos por las tropas de la sedición.
Sin duda, el fervor religioso de los quilpueínos de esos entonces era admirable. Al menos eso fue lo que pareció de dos grandes manifestaciones que se brindaron al delegado papal, a su paso por la estación ferroviaria de Quilpué. En reconocimiento, el Arzobispo de Santiago envía una carta de reconocimiento al cura y vicario de Quilpué felicitándolo por su celo “i del buen espíritu que están animados sus feligreses i no pueden menos que dejar honda y gratísima impresión en todos los que presencian” …
Para entonces, ya Quilpué se había despojado, civilmente hablando, de sus pañales y ahora era una comuna del Departamento de Limache, cuya capital era la nueva ciudad de Quilpué, comuna que se extendía por territorios actualmente divididos entre las comunas de Quilpué y Villa Alemana, excepción hecha de los territorios de Marga-Marga y Colliguay, que pertenecían a los Departamentos de Casablanca y Melipilla, respectivamente.


Durante la primera mitad del siglo XX, al mirar la ciudad desde el Alto, desde el final de la actual avenida Blanco, abajo, se veía la iglesia parroquial, que una vez tuvo dos torres.

El 15 de agosto de 1906, según informaba el periódico local “La Gaceta”, llegaban los vitrales para las ventanas de la iglesia parroquial, donación de doña Ana Luisa Bello de Edwards, madre del escritor Joaquín Edwards Bello, premio nacional de literatura. Y el 16 de agosto de 1906, el pueblo y la iglesia parroquial fueron destruidos por el terremoto más fuerte que se ha sentido en la zona desde los tiempos de la Independencia. Hubo decenas de muertos y heridos. El daño fue enorme. En ese tiempo, era cura párroco de Quilpué Carlos Ureta, quien se vio obligado a ejercer sus actividades eclesiásticas en habitaciones colindantes, y donde posteriormente existieron varios negocios, con frente a la actual avenida Diego Portales, que corresponde al antiguo Camino Real, después llamado Camino Troncal.
La construcción de la nueva iglesia parroquial tomó cerca de diez años, siendo inaugurada el 12 de noviembre de 1916 por monseñor Eduardo Gimpert, gobernador eclesiástico de Valparaíso, lo que fue todo un acontecimiento. El obispo llegó en el tren de las nueve de la mañana, siendo recibido por la Banda Infantil de Quilpué y por la Banda Parroquial de Los Andes. Entre las numerosas personalidades que esperaban al prelado estaban el diputado Rafael Luis Gumucio, el subdelegado Benigno Polanco, el primer alcalde Martín Contreras, el juez de la Subdelegación, Alberto Valencia González, además de varios sacerdotes de la zona y gran cantidad de vecinos de la ciudad.
A su paso, el obispo se encontró con arcos de triunfo y caminos de flores en el trayecto desde la estación a la parroquia. Se ofició una misa solemne, con acompañamiento de orquesta, y un magistral sermón fue predicado por el jesuita Bonino.
A fines de 1923, en una reunión entre el cura párroco, Ernesto Riquelme, y don Raimundo del Real, se llegó a la conclusión de que la iglesia parroquial debía tener un reloj en su torre, “para el bien de toda la comunidad”. A consecuencias de este acuerdo, se logró una reunión de vecinos en el Teatro de Quilpué, donde se eligió un directorio encargado de dirigir las actividades para recaudar los fondos necesarios. En esos momentos, se encontraba en Italia don Eugenio Costa, a quien se le escribió para que viera allá lo más conveniente para la ciudad. Finalmente, se escogió una fábrica de la ciudad de Recco, y el costo del reloj fue de siete mil setecientos setenta pesos comn noventa centavos ($ 7.770,90). El Gobierno de la época lo liberó de los derechos de aduana. Y los siete grandes bultos en que venían las piezas del reloj finalmente llegaron a Quilpué.
En 1944, la iglesia parroquial se hacía estrecha para atender apropiadamente a las necesidades de la población de Quilpué. El presbítero Guillermo Merino Lemus, por esos entonces cura párroco, recibió, el 18 de diciembre de 1944, la autorización del obispado para reconstruir la iglesia, que ya se encontraba bastante deteriorada, además, por el paso del tiempo. Existiendo una iglesia, el cura párroco fue capaz de convencer a los feligreses de construir otra, la actual.
A pesar de la demolición de la iglesia anterior, el culto nunca se suspendió.
Hubo colectas, donaciones, colaboraciones, bonos, … una serie de actividades que son recuerdo imborrable para los fieles católicos que participaron en la reconstrucción de la iglesia parroquial.



Así lucía la iglesia parroquial hacia mediados del siglo XX, vista desde la avenida Portales.


Otra vista de la iglesia parroquial en la primera mitad del siglo XX.

Y el 20 de diciembre de 1947 se inaugura la primera parte de la nueva iglesia parroquial: dos arcos, el presbiterio y la sacristía.
En 1954, monseñor Lira bendice la nueva iglesia parroquial, coronándose los trabajos el año 1960 con la entrega de la esbelta y alta torre característica, y la instalación definitiva del reloj. Fue la adhesión de la parroquia a los festejos del Sesquicentenario de la Independencia Nacional.
Pero aún faltaban los estucos…
La feligresía se alegró con la primera misa del padre Jorge Sapunar.

Los terremotos
Chile es un país sísmico. El de 1906 fue devastador, como ya se ha dicho anteriormente. Los daños fueron totales, y hubo que reconstruir la iglesia.
Pero, nuevamente, el 28 de marzo de 1965 un terremoto sacude a la zona, causando muerte, desolación y muchísimos daños en la comuna y en la ciudad de Quilpué. Sin embargo, la iglesia parroquial no sufrió mayores daños en su estructura.
De nuevo, en julio de 1971, un gran terremoto sacude a la zona. Esta vez, la iglesia parroquial sufre serios daños, quedando fuera de servicio. Con diez mil marcos provenientes de Adveniat, conseguidos en Alemania por monseñor Carlos Zita Zimmer, cura párroco por entonces, pudo repararse la estructura, pero las terminaciones quedaron para más adelante.
Recién en 1978 pudo iniciarse el estucado y las terminaciones de la fachada de la iglesia parroquial. Enseguida se colocaron los ventanales y las puertas metálicas y se cambia todo el zinc del techo. Las obras concluyen en tiempos del presbítero Hugo Corrales Ibarra, vicario sustituto, con una inversión superior al millón de pesos de la época. Los trabajos fueron dirigidos por don Lorenzo Pozo.
En 1984, en tanto, se bendice la nueva Capilla de San Esteban, en el sector poniente de la ciudad.
Llegó también, una comunidad religiosa desde Londrina, Brasil, a hacerse cargo de la catequesis y la atención pastoral: eran las misioneras claretianas, cuyo hábito blanco comenzó a hacerse familiar en la ciudad y en la comuna.
Por este mismo tiempo, se inaugura el Policlínico Parroquial.
A las 19:45 horas del domingo de Ramos de 1985, terminada la misa de la tarde y cuando solamente quedaban cuatro feligreses en la iglesia, y los acólitos y el celebrante y lectores en la sacristía, sobrevino un nuevo terremoto.
Nuevamente, muerte y destrucción fueron esparcidas por toda la zona. El terremoto de 1985 produjo no solamente muertos y heridos, sino graves daños a la propiedad pública y privada.


La iglesia parroquial es uno de los tesoros arquitectónicos de la ciudad de Quilpué.

Esta vez, la iglesia parroquial estuvo en reparaciones de estucos, vidrios y pinturas durante dos meses. El Colegio de las Religiosas Pasionistas, ubicado en la avenida Feire (el antiguo Camino Real, después llamado Camino Troncal), acogió a la parroquia en su gimnasio, y los servicios de Semana Santa debieron ser realizados allí mismo. Justo a los dos meses la iglesia parroquial estuvo en condiciones de volver a ser ocupada.
La madrugada del 27 de febrero de 2010, pasadas las 3 y media, un nuevo terremoto afectó a buena parte de la Zona Central y Zona Sur del país, con su secuela de muerte y destrucción. Y aunque la ciudad y la comuna soportaron bastante bien el seísmo, la iglesia parroquial nuevamente se vio afectada, debiendo trasladarse la celebración de los servicios religiosos al gimnasio del Colegio Pasionistas, en la avenida Freire, en tanto puedan concluir las reparaciones de la iglesia, cuya torre y fachada presentan grietas en su enlucido, aunque aparentemente sin daño estructural que lamentar.


La iglesia parroquial de Quilpué, con su esbelta torre es una característica arquitectónica de la ciudad y de la comuna de Quilpué.

Independientemente de la fe de cada uno, sin duda que la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario, es una construcción que caracteriza a la ciudad y a la comuna incluso. La esbelta y alta torre fue por siempre una señal y una característica de la ciudad. Desafortunadamente, la construcción del Mall Plaza del Sol, en terrenos donde antaño estuvieron ubicados el Teatro Carrera y el Banco del Estado vino a dejar en una especie de semisombra la torre de la iglesia. La falta de visión de las autoridades locales, una vez más, han complotado en contra de la ciudad y de la comuna. Hoy por hoy, la iglesia parroquial es el único edificio, junto con la Casa Consistorial y el Teatro Velarde, que puede considerarse patrimonial y que, además, representa a la ciudad.

18 abril 2010

HUASOS Y ROTOS

una pincelada a dos personajes de las raíces de la nacionalidad desde un punto de vista convencional y sesentista


Resulta poco menos que aventurado, aún en su forma más objetiva, fijar la estructura sicofísica que caracteriza a dos de las figuras más interesantes en el proceso racial de Chile, y de la Zona Central en particular, como lo son, tras la suma de sus virtudes y defectos, el huaso y el roto chilenos en su estudio de conjunto. Como valores literarios en la novela y el cuento nacionales, han contado siempre y desde mediados del siglo XIX, con diversos intérpretes que los han tratado con distintas perspectivas, dado el matiz siempre cambiante de sus poderosas personalidades. Se hará un esfuerzo en estas líneas, condensando algunos de los aspectos más representativos sobre el particular, agregando a manera de comentario una apretada síntesis crítica de aquellos principales escritores que han hecho del huaso y del roto su principal sujeto de estudio.
Pero, debo advertir que lo que sigue no pretende pontificar ni transformarse en una declaración o dogma de fe al respecto. Su única pretensión, como todo el contenido de esta webpage, es ayudar a crear las condiciones necesarias para una discusión sobre el tema planteado, para inducir a la expresión de las diversas opiniones, de los diferentes estudios, para incentivar una investigación más profunda, desapasionada y lo más apegada a la realidad que pueda hacerse. En fin, estos informes párrafos tienen la única finalidad de desafiar a que se genere discusión, una discusión que proporcione la suficiente luz como para ir entendiendo mejor el tema. Ese es su desafío a partir de ahora.
Muchos escritores chilenos, especialmente aquellos de la llamada escuela criollista, como Alberto Blest Gana, Baldomero Lillo, Federico Gana, Víctor Domingo Silva, Joaquín Edwards Bello, Rafael Malvenda, Lautaro Yankas, etc., se han dado a la difícil tarea de fijar a través de sus producciones toda esa rica gama de caracteres disímiles que conforman las recias figuras de estos dos prototipos más interesantes de la raza chilena. El estudio en sí mismo de estos personajes en cuanto a su caracterización sicosociológica no puede encuadrarse en un molde rígido, predeterminado, sin incurrir en lo superficial, en lo simplemente anecdótico o volandero, por cuanto esos aires de singularidad, lo heterogéneo de sus rasgos más comunes que animan a estas primerísimas figuras de nuestro diario acontecer de antaño, rompe todos los moldes conocidos, el más acucioso de los análisis y es necesario, entonces, seguirlos a través de sus andanzas, de sus reacciones emocionales, de sus variados sentimientos, lo que ya indica un esfuerzo o intento caracterológico de proporciones que, en muy contados casos, nos llega a revelar la verdadera síntesis polifacética que caracteriza a estas magníficas como desconcertantes figuras de la nacionalidad chilena.


Carretero y capataz, dos personajes de a mediados del siglo XIX que forman parte de la esencia nacional, de una esencia ya olvidada en aras del enaltecimiento del plastifilin...

Huaso y roto son disímiles
Por lo demás, la mayoría de nuestros escritores que, de una u otra manera, han incidido en este asunto lo han hecho, para mal nuestro, en forma parcial e incongruente, destacando ya un aspecto u otro, pero sin adentrarse jamás en un estudio de conjunto que pueda servir de pauta para llegar a una caracterización general del huaso y del roto, en general. Con nuestros llamados novelistas del suburbio, el estudio del roto chileno alcanza su expresión más acabada, sobre todo si uno se adentra en el drama hondo que plantean algunas obras de fuerte contenido social como La sangre de la esperanza, Hombres oscuros, de Nicomedes Guzmán; La viuda del conventillo de Alberto Romero; Aguas estancadas de Juan Modesto Castro; El gato de la maestranza, Sangre de murciélago de Juan Godoy; Alhué, Cuando era muchacho de José Santos González Vera; Este domingo de José Donoso; Mejor que el vino de Manuel Rojas, etc., como también, es posible que observemos estos mismos elementos de análisis integral de esta materia, pero esta vez referido al roto, que se desplaza a nuestro medio rural, y que es preciso no confundirlo con el huaso. Con excepción de Alberto Blest Gana, Andrés Sabella, Óscar Castro y especialmente Lautaro Yankas, que han logrado estudios profundos acerca de las correrías o de esa vida transhumante del roto, actuando más allá de las barriadas criollas, el resto de nuestros más grandes escritores tienen páginas soberbias tras las andanzas y otros reveses que han sufrido a diario los huasos en esa explotación a veces muy tranquila de los campos, como también, suele ser muy amarga cuando no se resuelven sus conflictos. En este sentido, autores como Antonio Acevedo Hernández, Luis Durand, Carlos Rozas Larraín, Miguel Ángel Padilla, Marta Brunet, Eduardo Barrios, Marta Jara, Fernando Santiván, Irma Isabel Astorga, etc., ofrecen magníficos apuntes de la vida campesina, no sólo retratando al centímetro esa belleza espléndida de los paisajes campestres, sino también ese análisis de hondo contenido humano, cuando se estudia al personaje en la esencia misma de su particular sicología.


Esta es una visión mucho más realista, a pesar de la idealización, de un huaso (guaso, del qhitchwa, wasu, "rústico")... su vestimenta no es para lucirse en día de domingo, sino adecuada a las labores del campo, porque el huaso es, en su origen, un hombre que trabaja en el campo. Después, el hacendado, enemigo acérrimo del huaso, se apropiara de esta imagen y la estilizará con un disfraz de aperos muy caros, inaccesibles para el huaso verdadero, y un caballo que jamás en su vida podría comprarlo con lo que ganaba en los trabajos del campo.

El roto de Bello era de la ciudad
Después de este largo preámbulo ya se puede entrar en materia. Joaquín Edwards Bello, por ejemplo, como el cronista número uno de América y toda una autoridad en ese conocimiento a fondo de nuestro pueblo, ya que, personalmente, quiso vivir la experiencia de confundirse con ellos, nos presenta un cuadro dramático, totalmente deshumanizado, del roto chileno, con las taras endémicas de la raza, incapaz de sobreponerse a sus traumas morales, es decir, nos ofrece su retrato como el reverso fatal a que está condenada nuestra estirpe, desconociendo las reservas anímicas que hacen posible la renovada potencialidad del hombre. En una palabra, Edwards Bello, con su reconocida capacidad para novelar la realidad mordiente de nuestra raza, no fue o no quiso ser, equitativo en sus juicios, cuando valora nuestra nacionalidad al presentarnos en sus obras capitales en el género, La cuna de Esmeraldo y El roto, a la figura de nuestro pueblo como algo híbrido, sin consistencia humana, destinado a perecer irremediablemente en el marasmo de sus propios males y todo porque su estudio resulta parcializado, mostrando solo una cara del problema, desgraciadamente su parte negativa. Así nos describe a nuestro roto después que le rematan el burdel o casa de remolienda, donde por lo general pasa la mayor parte de su vida: “Junto con la ‘casa’ rematada, se iba también el ‘roto’, con la sífilis y la viruela, borracho, cojo, tuerto, trágico, arrastrando el espectro de la ramera pobre, dejando en esos escombros lo mejor de sus energías, lo más fuerte de su alma y cuerpo. Se iba para otro lado, en su eterno vagabundear, mudo y fatalista, sin preguntar a quien dejaba todo eso, abriendo cancha al burgués, al gringo y al futre que venían en nombre de la civilización y el progreso. Finalmente, en las luchas de la vida, que eran nada más que una cacería en la cual el grande se come al chico para mejoramiento y continuación de la especie, el roto fuerte, inteligente, audaz y temerario, sucumbía irremediablemente por las condiciones penosas en que vivía.”


La imagen actual del roto es la de la estatua que en la Plaza Yungay se le dedica, obra de Virgilio Arias. En realidad, recuerda al roto que se lució en la guerra contra la Confederación Perú-boliviana, donde, como siempre, fue la carne de cañón...

Cuando el roto tiene alma bien puesta…Todo lo contrario ocurre con esas magníficas descripciones a que nos tiene acostumbrados ese fino retratista que hay en Lautaro Yankas, simplemente, porque no estamos enfrentados a un documento de trámites sombríos al estilo de Edwards Bello, sino que ahora a través de las páginas de su volumen de cuentos Rotos, podemos apreciar que la vida no es tan amarga cuando se sabe sobrellevarla con fe y esperanza, y el roto chileno es precisamente todo esto y mucho más, cuando da rienda suelta a su rica sicología, a ese mundo siempre cambiante ya de risas como de lágrimas que todos llevamos dentro de sí. Leamos un pequeño trozo de su cuento Roto indino: “—El roto es desgraciado porque quiere —declaró Santos Parra, mirando hacia la puerta, donde temblaba el cielo. —Si quisiera ser rico, no le costaba, pero lleva la fatalidá en la sangre… Hay que tener fe, amigos. El roto nunca cree en la buena, porque toa la vida le liga la mala. ¿No es cierto, on Cepea?”


Pero esta sería una imagen mucho más adecuada y realista del roto chileno, que no es más que el hombre sencillo y humilde del pueblo, usado y utilizado a destajo en diversos períodos de la historia nacional y aborrecido y denigrado por las clases altas.

Capítulo aparte en ese estudio de conjunto que se merece el roto como la representación más alta de nuestra nacionalidad, lo constituye el volumen de su indumentaria o vestimenta. Para definirlo en estos nuevos rasgos de su personalidad habría necesidad de no entrar en confusión con ese personaje característico de nuestra realidad campesina, el peón o trabajador de la tierra o bien, el huaso, rico o patrón, como el que nos describe con trazos de leyenda Eduardo Barrios en su obra Gran señor y Rajadiablos, célula social nuestra que, entre otras de sus características afines, luce como nota distintiva, en ambas clases, un apego enorme por el pedazo de suelo que lo vio nacer. Así las cosas, todo es diferente en ambos personajes. El roto es un tipo transhumante o andariego impenitente. Es tal su afán por abarcar todas las latitudes —sin arraigar jamás en un sitio determinado, por supuesto—, que, por un azar cualquiera del destino, ya lo encontramos sirviendo como guía en las cálidas arenas de la vieja Arabia, incluso en Egipto o en la India, vendiendo los artículos más inverosímiles en cualesquiera de las más grandes capitales del mundo, o bien dándoselas de regente o jefe máximo en la administración de ciertos negocios que, a veces, pecan de non sanctos.
En cuanto a su chaplinesca indumentaria o conjunto de sus cuatro trapos con que malamente suele cubrir su sufriente humanidad, hay todo un registro de variados matices. Desde su minúsculo y tijereteado sombrero hasta rematar en sus vulgares calamorros, todo el resto del vestuario raya en lo carnavalesco, no desdeñando en ningún momento los colores fuertes para sus camisas, cuando no usa una simple o burda cotona de osnaburgo… ¡Y qué decir de su chaqueta y pantalones! Apenas sí lo primero cubre dificultosamente un poco más allá de la cintura, mientras lo segundo, siempre los usa a media canilla. He ahí la estampa, grosso modo, de un roto en su apostura externa. Comparada con la del campesino o huaso pobre de nuestros campos, surgiría todo un mundo de diferencias, si bien bastaría admitir que este último se asemeja un tanto a nuestro roto en su apariencia externa, no así en su disposición anímica o sicológica, donde el campesino ciento por ciento redondo o derecho no solo es el individuo que vive ensimismado, siempre indeciso, temeroso de todo, etc., sino que enfrentando al roto, éste, simplemente, lo aplasta con su chispeante chacharacha, con el talento que aflora cual vertiente y para qué hablar de sus arrestos amorosos que lo transforman en el prete obligado de cuanta chiquilla casadera se cruza en su camino, aunque jamás se resigne a perder su bien ganada fama de lucir como un soltero redomado…

Y ahora, el huaso entaquillado
Quien mejor ha retratado al huaso rico o patrón de los campos es Fernando Santiván. En su obrita de auténtico corte criollo La Hechizada, es posible escoger una descripción tan interesante como ésta. “Erguido sobre su negro corcel, Baltasar recordaba vagamente a un caballero de los tiempos heroicos. Bajo un sombrero de fieltro, que brillaba como un casco, su rostro, adornado de fino bozo, expresaba decisión y fuerza. Su chaquetilla corta de fino paño azul, dejaba ver en la espalda el grueso cinturón y la vaina del revólver, y, terciado al hombro, llevaba rica manta tejida de lana roja. La montura, de alto respaldo, enchapada y claveteada en plata, sostenía el lazo trenzado con el cuero más resistente. Las botas altas, charoladas en negro, y las espuelas de grandes rodajas, que tintineaban como campanillas al menor movimiento, completaban su bizarra vestimenta.” Otro tanto podríamos agregar en este género de estampas que nos presentan autores, todos maestros en el género como Eduardo Barrios, Marta Brunet, Carlos Rozas, etc.
Sin entrar en mayores generalizaciones, conviene detenerse en el roto que nos presenta Blest Gana en su gran obra histórica Durante la Reconquista. Es en este libro donde mejor se estudia la pintoresca estampa de nuestro exponente criollo como el arquetipo que con más propiedad refleja la peculiar idiosincrasia de nuestro pueblo, sin que falte en ello esa austera expresión de su alma grande y sencilla, templada a fuego lento en el crisol de lo grande, donde se forjan día a día los más nobles y sagrados destinos de la Patria. Las enjundiosas y bien hilvanadas páginas que dan vida a esta gran novela, nos ofrecen un acucioso estudio de uno de los capítulos más evocadores de nuestra historia patria, aparte de sentar, también, lo que es más caro a la supervivencia de todo un pueblo, el respeto y amor a su raza perpetuados en el fervoroso heroísmo de todos y cada uno de sus hijos.


En la actualidad, se habla de "roto" en un sentido absolutamente peyorativo, como flaite, y se le asocia a maneras, costumbres y formas que no son consideradas apropiadas.

El origen hay que buscarlo…De esta manera, Blest Gana no solo nos confunde en la chilenidad que emana de toda su obra, sino que, amante celoso de su país, supo glorificarlo, rindiendo en su forma más objetiva, un cálido homenaje a todo un pueblo a través del trazo certero a la par que profundamente humano del roto chileno, el más alto y genuino de nuestros componentes étnicos. He aquí su estampa a modo de presentación: “Esa mezcla del conquistador hispanoarábigo y de araucano que ha formado el roto chileno, el más indómito de los hijos de la ‘virgen América’, cantada por el poeta, tiene el vértigo de la sangre: un placer endemoniado, que total y felizmente ignora la clase culta que puebla la tierra conquistada por Valdivia. Sin ser ingénitamente malo, con grandes dotes de corazón, siendo capaz de nobles arranques de abnegación y cariño, le gustaba la sangre… Su temerario arrojo y lo festivo de su carácter le hicieron conquistarse la viva simpatía del oficial Robles, fanático por la patria, para el cual el peligro tenía una fascinación irresistible. Cámara, risueño y chistoso en los más grandes peligros, tan temerario en el ataque como remiso al toque de retirada, era para el nuevo mayor el ideal del combatiente. Su alma de héroe antiguo, con ingenuidades de niño al mismo tiempo, y un amor propio superlativo y cándido, había hecho del asistente un ser de predilección.”

El roto cámara…Analizadas así las cosas, Blest Gana a diferencia de otros muchos escritores que interiorizaban en el tema, tuvo la oportunidad de profundizar en el conocimiento del roto y del medio en que actuaba. De ahí que su riqueza de colorido no haya sido superada en lo referente a este capítulo, animando a su personaje con pinceladas de honda sensibilidad creadora, tal nos parece la figura inconfundible del famoso roto Cámara, encarnando las virtudes más sobresalientes de la raza en la doble valoración de sus virtudes y defectos, lo cual confiere a su novela ese encanto particular de las cosas vívidas, difíciles de olvidar, porque nos sentimos identificados a ellas por un proceso emocional que tiene su mejor expresión en el anchuroso campo de nuestras particulares vivencias personales…


En 1899, terminando el siglo XIX, el huaso todavía conserva un vestuario acorde con las faenas del campo... él tenía que trabajar todos los días, porque no tenía los recursos para andar luciéndose para engatusar a las mujeres del campo...

¿Cuánto tiempo hace que los escritores chilenos, que los intelectuales chilenos, no miran hacia dentro, hacia lo que nosotros somos? Porque la imagen que tienen del roto es la visión de hace más un siglo atrás, la visión que tienen peruanos y bolivianos del roto, la visión de Blest Gana y de Edwards Bello. Por otra parte, ¿la globalización habrá destruido para siempre al roto? Y si es así, ¿se habrá perdido la esencia de la nacionalidad? ¿Sigue existiendo el huaso? ¿O, acaso, todos nos hemos metamorfoseado en un chileno Light, tipo exportación?
Obviamente, el roto como tal no existe si la esencia misma de la nacional ha variado o ha evolucionado para convertirse —o estar ad portas de convertirse— en parte de la humanidad globalizada, sin raíces, sin historia, sin genealogía incluso, huérfano de ancestría, carente de nacionalidad.
El huaso mismo parece tener los días contados, a no ser como producto de exportación. En realidad, desde sus orígenes ha estado pintado de extranjerismo y hasta puede ser considerado como un preludio a la globalización debido a los diferentes caracteres extranjeros que se mezclan en él. La media luna donde corre en realidad es una luna entera, un ruedo de esos en que se efectúan las corridas de toros. Los campeonatos son llamados a la inglesa, chámpion, lo que recuerda lo tardío que aparece el huaso en nuestra historia nacional… la manta, a veces llamada chamanto, es de origen peruano… la palabra misma huaso es de origen peruano, del kichwa wasu, de donde guaso o huaso, esto es, rústico, cerril, inculto, término que se aplicó en algún momento de la historia nacional al hombre de campo, rústico, bravío, esforzado, pronto para trabajar y luchar contra la naturaleza muchas veces hostil, carente de las finezas de la vida en la ciudad.
Después vino a designar al dueño de fundo, el único que en el campo podía vestirse con las coloridas mantas, perneras de cuero y usar espuelas de plata y aperos de exquisita manufacturación, aperos que hoy en día se consideran “característicos” y “tradicionales” del hombre de campo. El hombre de campo de todos los días nunca tuvo los grandes recursos económicos que suponen el financiarse caballos, aperos, arreos y vestuario que jamás pudieran usarse a diario en las faenas campesinas, a no ser para lucirse y señalar la diferencia entre el dueño del fundo o hacienda y su parentela, y los gañanes, peones e inquilinos del mismo. Porque el campesino verdadero, real y efectivo se divide en dos grupos, el peón y el gañán, por un lado, y el inquilino, siempre adscrito a la tierra, por el otro. Y esos dos grupos siempre vivieron sometidos a la voluntad del hacendado, casi esclavizados, adscritos al terruño, y sin posibilidad alguna de reunir los recursos para financiarse tales aperos y arreos y cabalgaduras con que, actualmente, los clubes de rodeo, pretenden hacer creer que siempre ha vestido el hombre de campo.


Huasos de pastifilin, los que en la actualidad se lucen con sus aperos y cabalgaduras que cuestan verdaderas fortunas, cosas que no están relacionadas con el trabajo del campo, sino con el lucimiento de un estereotipo absolutamente artificial y divorciado de la realidad cotidiana.

Capítulo aparte merecen, y un estudio diferente, el gañán y el peón, dos de los personajes de los campos chilenos, ahora ya desaparecidos (como los inquilinos) luego de la Reforma Agraria, que les dio tierras y una razón para asentarse y para constituirse en dueños de su destino, el que sus descendientes han aprovechado a plenitud.