18 abril 2010

HUASOS Y ROTOS

una pincelada a dos personajes de las raíces de la nacionalidad desde un punto de vista convencional y sesentista


Resulta poco menos que aventurado, aún en su forma más objetiva, fijar la estructura sicofísica que caracteriza a dos de las figuras más interesantes en el proceso racial de Chile, y de la Zona Central en particular, como lo son, tras la suma de sus virtudes y defectos, el huaso y el roto chilenos en su estudio de conjunto. Como valores literarios en la novela y el cuento nacionales, han contado siempre y desde mediados del siglo XIX, con diversos intérpretes que los han tratado con distintas perspectivas, dado el matiz siempre cambiante de sus poderosas personalidades. Se hará un esfuerzo en estas líneas, condensando algunos de los aspectos más representativos sobre el particular, agregando a manera de comentario una apretada síntesis crítica de aquellos principales escritores que han hecho del huaso y del roto su principal sujeto de estudio.
Pero, debo advertir que lo que sigue no pretende pontificar ni transformarse en una declaración o dogma de fe al respecto. Su única pretensión, como todo el contenido de esta webpage, es ayudar a crear las condiciones necesarias para una discusión sobre el tema planteado, para inducir a la expresión de las diversas opiniones, de los diferentes estudios, para incentivar una investigación más profunda, desapasionada y lo más apegada a la realidad que pueda hacerse. En fin, estos informes párrafos tienen la única finalidad de desafiar a que se genere discusión, una discusión que proporcione la suficiente luz como para ir entendiendo mejor el tema. Ese es su desafío a partir de ahora.
Muchos escritores chilenos, especialmente aquellos de la llamada escuela criollista, como Alberto Blest Gana, Baldomero Lillo, Federico Gana, Víctor Domingo Silva, Joaquín Edwards Bello, Rafael Malvenda, Lautaro Yankas, etc., se han dado a la difícil tarea de fijar a través de sus producciones toda esa rica gama de caracteres disímiles que conforman las recias figuras de estos dos prototipos más interesantes de la raza chilena. El estudio en sí mismo de estos personajes en cuanto a su caracterización sicosociológica no puede encuadrarse en un molde rígido, predeterminado, sin incurrir en lo superficial, en lo simplemente anecdótico o volandero, por cuanto esos aires de singularidad, lo heterogéneo de sus rasgos más comunes que animan a estas primerísimas figuras de nuestro diario acontecer de antaño, rompe todos los moldes conocidos, el más acucioso de los análisis y es necesario, entonces, seguirlos a través de sus andanzas, de sus reacciones emocionales, de sus variados sentimientos, lo que ya indica un esfuerzo o intento caracterológico de proporciones que, en muy contados casos, nos llega a revelar la verdadera síntesis polifacética que caracteriza a estas magníficas como desconcertantes figuras de la nacionalidad chilena.


Carretero y capataz, dos personajes de a mediados del siglo XIX que forman parte de la esencia nacional, de una esencia ya olvidada en aras del enaltecimiento del plastifilin...

Huaso y roto son disímiles
Por lo demás, la mayoría de nuestros escritores que, de una u otra manera, han incidido en este asunto lo han hecho, para mal nuestro, en forma parcial e incongruente, destacando ya un aspecto u otro, pero sin adentrarse jamás en un estudio de conjunto que pueda servir de pauta para llegar a una caracterización general del huaso y del roto, en general. Con nuestros llamados novelistas del suburbio, el estudio del roto chileno alcanza su expresión más acabada, sobre todo si uno se adentra en el drama hondo que plantean algunas obras de fuerte contenido social como La sangre de la esperanza, Hombres oscuros, de Nicomedes Guzmán; La viuda del conventillo de Alberto Romero; Aguas estancadas de Juan Modesto Castro; El gato de la maestranza, Sangre de murciélago de Juan Godoy; Alhué, Cuando era muchacho de José Santos González Vera; Este domingo de José Donoso; Mejor que el vino de Manuel Rojas, etc., como también, es posible que observemos estos mismos elementos de análisis integral de esta materia, pero esta vez referido al roto, que se desplaza a nuestro medio rural, y que es preciso no confundirlo con el huaso. Con excepción de Alberto Blest Gana, Andrés Sabella, Óscar Castro y especialmente Lautaro Yankas, que han logrado estudios profundos acerca de las correrías o de esa vida transhumante del roto, actuando más allá de las barriadas criollas, el resto de nuestros más grandes escritores tienen páginas soberbias tras las andanzas y otros reveses que han sufrido a diario los huasos en esa explotación a veces muy tranquila de los campos, como también, suele ser muy amarga cuando no se resuelven sus conflictos. En este sentido, autores como Antonio Acevedo Hernández, Luis Durand, Carlos Rozas Larraín, Miguel Ángel Padilla, Marta Brunet, Eduardo Barrios, Marta Jara, Fernando Santiván, Irma Isabel Astorga, etc., ofrecen magníficos apuntes de la vida campesina, no sólo retratando al centímetro esa belleza espléndida de los paisajes campestres, sino también ese análisis de hondo contenido humano, cuando se estudia al personaje en la esencia misma de su particular sicología.


Esta es una visión mucho más realista, a pesar de la idealización, de un huaso (guaso, del qhitchwa, wasu, "rústico")... su vestimenta no es para lucirse en día de domingo, sino adecuada a las labores del campo, porque el huaso es, en su origen, un hombre que trabaja en el campo. Después, el hacendado, enemigo acérrimo del huaso, se apropiara de esta imagen y la estilizará con un disfraz de aperos muy caros, inaccesibles para el huaso verdadero, y un caballo que jamás en su vida podría comprarlo con lo que ganaba en los trabajos del campo.

El roto de Bello era de la ciudad
Después de este largo preámbulo ya se puede entrar en materia. Joaquín Edwards Bello, por ejemplo, como el cronista número uno de América y toda una autoridad en ese conocimiento a fondo de nuestro pueblo, ya que, personalmente, quiso vivir la experiencia de confundirse con ellos, nos presenta un cuadro dramático, totalmente deshumanizado, del roto chileno, con las taras endémicas de la raza, incapaz de sobreponerse a sus traumas morales, es decir, nos ofrece su retrato como el reverso fatal a que está condenada nuestra estirpe, desconociendo las reservas anímicas que hacen posible la renovada potencialidad del hombre. En una palabra, Edwards Bello, con su reconocida capacidad para novelar la realidad mordiente de nuestra raza, no fue o no quiso ser, equitativo en sus juicios, cuando valora nuestra nacionalidad al presentarnos en sus obras capitales en el género, La cuna de Esmeraldo y El roto, a la figura de nuestro pueblo como algo híbrido, sin consistencia humana, destinado a perecer irremediablemente en el marasmo de sus propios males y todo porque su estudio resulta parcializado, mostrando solo una cara del problema, desgraciadamente su parte negativa. Así nos describe a nuestro roto después que le rematan el burdel o casa de remolienda, donde por lo general pasa la mayor parte de su vida: “Junto con la ‘casa’ rematada, se iba también el ‘roto’, con la sífilis y la viruela, borracho, cojo, tuerto, trágico, arrastrando el espectro de la ramera pobre, dejando en esos escombros lo mejor de sus energías, lo más fuerte de su alma y cuerpo. Se iba para otro lado, en su eterno vagabundear, mudo y fatalista, sin preguntar a quien dejaba todo eso, abriendo cancha al burgués, al gringo y al futre que venían en nombre de la civilización y el progreso. Finalmente, en las luchas de la vida, que eran nada más que una cacería en la cual el grande se come al chico para mejoramiento y continuación de la especie, el roto fuerte, inteligente, audaz y temerario, sucumbía irremediablemente por las condiciones penosas en que vivía.”


La imagen actual del roto es la de la estatua que en la Plaza Yungay se le dedica, obra de Virgilio Arias. En realidad, recuerda al roto que se lució en la guerra contra la Confederación Perú-boliviana, donde, como siempre, fue la carne de cañón...

Cuando el roto tiene alma bien puesta…Todo lo contrario ocurre con esas magníficas descripciones a que nos tiene acostumbrados ese fino retratista que hay en Lautaro Yankas, simplemente, porque no estamos enfrentados a un documento de trámites sombríos al estilo de Edwards Bello, sino que ahora a través de las páginas de su volumen de cuentos Rotos, podemos apreciar que la vida no es tan amarga cuando se sabe sobrellevarla con fe y esperanza, y el roto chileno es precisamente todo esto y mucho más, cuando da rienda suelta a su rica sicología, a ese mundo siempre cambiante ya de risas como de lágrimas que todos llevamos dentro de sí. Leamos un pequeño trozo de su cuento Roto indino: “—El roto es desgraciado porque quiere —declaró Santos Parra, mirando hacia la puerta, donde temblaba el cielo. —Si quisiera ser rico, no le costaba, pero lleva la fatalidá en la sangre… Hay que tener fe, amigos. El roto nunca cree en la buena, porque toa la vida le liga la mala. ¿No es cierto, on Cepea?”


Pero esta sería una imagen mucho más adecuada y realista del roto chileno, que no es más que el hombre sencillo y humilde del pueblo, usado y utilizado a destajo en diversos períodos de la historia nacional y aborrecido y denigrado por las clases altas.

Capítulo aparte en ese estudio de conjunto que se merece el roto como la representación más alta de nuestra nacionalidad, lo constituye el volumen de su indumentaria o vestimenta. Para definirlo en estos nuevos rasgos de su personalidad habría necesidad de no entrar en confusión con ese personaje característico de nuestra realidad campesina, el peón o trabajador de la tierra o bien, el huaso, rico o patrón, como el que nos describe con trazos de leyenda Eduardo Barrios en su obra Gran señor y Rajadiablos, célula social nuestra que, entre otras de sus características afines, luce como nota distintiva, en ambas clases, un apego enorme por el pedazo de suelo que lo vio nacer. Así las cosas, todo es diferente en ambos personajes. El roto es un tipo transhumante o andariego impenitente. Es tal su afán por abarcar todas las latitudes —sin arraigar jamás en un sitio determinado, por supuesto—, que, por un azar cualquiera del destino, ya lo encontramos sirviendo como guía en las cálidas arenas de la vieja Arabia, incluso en Egipto o en la India, vendiendo los artículos más inverosímiles en cualesquiera de las más grandes capitales del mundo, o bien dándoselas de regente o jefe máximo en la administración de ciertos negocios que, a veces, pecan de non sanctos.
En cuanto a su chaplinesca indumentaria o conjunto de sus cuatro trapos con que malamente suele cubrir su sufriente humanidad, hay todo un registro de variados matices. Desde su minúsculo y tijereteado sombrero hasta rematar en sus vulgares calamorros, todo el resto del vestuario raya en lo carnavalesco, no desdeñando en ningún momento los colores fuertes para sus camisas, cuando no usa una simple o burda cotona de osnaburgo… ¡Y qué decir de su chaqueta y pantalones! Apenas sí lo primero cubre dificultosamente un poco más allá de la cintura, mientras lo segundo, siempre los usa a media canilla. He ahí la estampa, grosso modo, de un roto en su apostura externa. Comparada con la del campesino o huaso pobre de nuestros campos, surgiría todo un mundo de diferencias, si bien bastaría admitir que este último se asemeja un tanto a nuestro roto en su apariencia externa, no así en su disposición anímica o sicológica, donde el campesino ciento por ciento redondo o derecho no solo es el individuo que vive ensimismado, siempre indeciso, temeroso de todo, etc., sino que enfrentando al roto, éste, simplemente, lo aplasta con su chispeante chacharacha, con el talento que aflora cual vertiente y para qué hablar de sus arrestos amorosos que lo transforman en el prete obligado de cuanta chiquilla casadera se cruza en su camino, aunque jamás se resigne a perder su bien ganada fama de lucir como un soltero redomado…

Y ahora, el huaso entaquillado
Quien mejor ha retratado al huaso rico o patrón de los campos es Fernando Santiván. En su obrita de auténtico corte criollo La Hechizada, es posible escoger una descripción tan interesante como ésta. “Erguido sobre su negro corcel, Baltasar recordaba vagamente a un caballero de los tiempos heroicos. Bajo un sombrero de fieltro, que brillaba como un casco, su rostro, adornado de fino bozo, expresaba decisión y fuerza. Su chaquetilla corta de fino paño azul, dejaba ver en la espalda el grueso cinturón y la vaina del revólver, y, terciado al hombro, llevaba rica manta tejida de lana roja. La montura, de alto respaldo, enchapada y claveteada en plata, sostenía el lazo trenzado con el cuero más resistente. Las botas altas, charoladas en negro, y las espuelas de grandes rodajas, que tintineaban como campanillas al menor movimiento, completaban su bizarra vestimenta.” Otro tanto podríamos agregar en este género de estampas que nos presentan autores, todos maestros en el género como Eduardo Barrios, Marta Brunet, Carlos Rozas, etc.
Sin entrar en mayores generalizaciones, conviene detenerse en el roto que nos presenta Blest Gana en su gran obra histórica Durante la Reconquista. Es en este libro donde mejor se estudia la pintoresca estampa de nuestro exponente criollo como el arquetipo que con más propiedad refleja la peculiar idiosincrasia de nuestro pueblo, sin que falte en ello esa austera expresión de su alma grande y sencilla, templada a fuego lento en el crisol de lo grande, donde se forjan día a día los más nobles y sagrados destinos de la Patria. Las enjundiosas y bien hilvanadas páginas que dan vida a esta gran novela, nos ofrecen un acucioso estudio de uno de los capítulos más evocadores de nuestra historia patria, aparte de sentar, también, lo que es más caro a la supervivencia de todo un pueblo, el respeto y amor a su raza perpetuados en el fervoroso heroísmo de todos y cada uno de sus hijos.


En la actualidad, se habla de "roto" en un sentido absolutamente peyorativo, como flaite, y se le asocia a maneras, costumbres y formas que no son consideradas apropiadas.

El origen hay que buscarlo…De esta manera, Blest Gana no solo nos confunde en la chilenidad que emana de toda su obra, sino que, amante celoso de su país, supo glorificarlo, rindiendo en su forma más objetiva, un cálido homenaje a todo un pueblo a través del trazo certero a la par que profundamente humano del roto chileno, el más alto y genuino de nuestros componentes étnicos. He aquí su estampa a modo de presentación: “Esa mezcla del conquistador hispanoarábigo y de araucano que ha formado el roto chileno, el más indómito de los hijos de la ‘virgen América’, cantada por el poeta, tiene el vértigo de la sangre: un placer endemoniado, que total y felizmente ignora la clase culta que puebla la tierra conquistada por Valdivia. Sin ser ingénitamente malo, con grandes dotes de corazón, siendo capaz de nobles arranques de abnegación y cariño, le gustaba la sangre… Su temerario arrojo y lo festivo de su carácter le hicieron conquistarse la viva simpatía del oficial Robles, fanático por la patria, para el cual el peligro tenía una fascinación irresistible. Cámara, risueño y chistoso en los más grandes peligros, tan temerario en el ataque como remiso al toque de retirada, era para el nuevo mayor el ideal del combatiente. Su alma de héroe antiguo, con ingenuidades de niño al mismo tiempo, y un amor propio superlativo y cándido, había hecho del asistente un ser de predilección.”

El roto cámara…Analizadas así las cosas, Blest Gana a diferencia de otros muchos escritores que interiorizaban en el tema, tuvo la oportunidad de profundizar en el conocimiento del roto y del medio en que actuaba. De ahí que su riqueza de colorido no haya sido superada en lo referente a este capítulo, animando a su personaje con pinceladas de honda sensibilidad creadora, tal nos parece la figura inconfundible del famoso roto Cámara, encarnando las virtudes más sobresalientes de la raza en la doble valoración de sus virtudes y defectos, lo cual confiere a su novela ese encanto particular de las cosas vívidas, difíciles de olvidar, porque nos sentimos identificados a ellas por un proceso emocional que tiene su mejor expresión en el anchuroso campo de nuestras particulares vivencias personales…


En 1899, terminando el siglo XIX, el huaso todavía conserva un vestuario acorde con las faenas del campo... él tenía que trabajar todos los días, porque no tenía los recursos para andar luciéndose para engatusar a las mujeres del campo...

¿Cuánto tiempo hace que los escritores chilenos, que los intelectuales chilenos, no miran hacia dentro, hacia lo que nosotros somos? Porque la imagen que tienen del roto es la visión de hace más un siglo atrás, la visión que tienen peruanos y bolivianos del roto, la visión de Blest Gana y de Edwards Bello. Por otra parte, ¿la globalización habrá destruido para siempre al roto? Y si es así, ¿se habrá perdido la esencia de la nacionalidad? ¿Sigue existiendo el huaso? ¿O, acaso, todos nos hemos metamorfoseado en un chileno Light, tipo exportación?
Obviamente, el roto como tal no existe si la esencia misma de la nacional ha variado o ha evolucionado para convertirse —o estar ad portas de convertirse— en parte de la humanidad globalizada, sin raíces, sin historia, sin genealogía incluso, huérfano de ancestría, carente de nacionalidad.
El huaso mismo parece tener los días contados, a no ser como producto de exportación. En realidad, desde sus orígenes ha estado pintado de extranjerismo y hasta puede ser considerado como un preludio a la globalización debido a los diferentes caracteres extranjeros que se mezclan en él. La media luna donde corre en realidad es una luna entera, un ruedo de esos en que se efectúan las corridas de toros. Los campeonatos son llamados a la inglesa, chámpion, lo que recuerda lo tardío que aparece el huaso en nuestra historia nacional… la manta, a veces llamada chamanto, es de origen peruano… la palabra misma huaso es de origen peruano, del kichwa wasu, de donde guaso o huaso, esto es, rústico, cerril, inculto, término que se aplicó en algún momento de la historia nacional al hombre de campo, rústico, bravío, esforzado, pronto para trabajar y luchar contra la naturaleza muchas veces hostil, carente de las finezas de la vida en la ciudad.
Después vino a designar al dueño de fundo, el único que en el campo podía vestirse con las coloridas mantas, perneras de cuero y usar espuelas de plata y aperos de exquisita manufacturación, aperos que hoy en día se consideran “característicos” y “tradicionales” del hombre de campo. El hombre de campo de todos los días nunca tuvo los grandes recursos económicos que suponen el financiarse caballos, aperos, arreos y vestuario que jamás pudieran usarse a diario en las faenas campesinas, a no ser para lucirse y señalar la diferencia entre el dueño del fundo o hacienda y su parentela, y los gañanes, peones e inquilinos del mismo. Porque el campesino verdadero, real y efectivo se divide en dos grupos, el peón y el gañán, por un lado, y el inquilino, siempre adscrito a la tierra, por el otro. Y esos dos grupos siempre vivieron sometidos a la voluntad del hacendado, casi esclavizados, adscritos al terruño, y sin posibilidad alguna de reunir los recursos para financiarse tales aperos y arreos y cabalgaduras con que, actualmente, los clubes de rodeo, pretenden hacer creer que siempre ha vestido el hombre de campo.


Huasos de pastifilin, los que en la actualidad se lucen con sus aperos y cabalgaduras que cuestan verdaderas fortunas, cosas que no están relacionadas con el trabajo del campo, sino con el lucimiento de un estereotipo absolutamente artificial y divorciado de la realidad cotidiana.

Capítulo aparte merecen, y un estudio diferente, el gañán y el peón, dos de los personajes de los campos chilenos, ahora ya desaparecidos (como los inquilinos) luego de la Reforma Agraria, que les dio tierras y una razón para asentarse y para constituirse en dueños de su destino, el que sus descendientes han aprovechado a plenitud.

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