07 enero 2007

El Camino del Inka en el Corazón del Despoblado de Atacama. Topografía y Paisaje

El llamado Camino del Inka en la zona del Despoblado de Atacama se caracteriza por atravesar, longitudinalmente, la región más árida del desierto de Atacama. Sin embargo, es posible establecer o distinguir en él, desde un punto de vista geográfico o ecológico, al menos dos grandes tramos que presentan características muy diferentes.

En lo que se podría denominar un primer gran tramo, y que corresponde a un extenso trayecto de aproximadamente unos 230 kilómetros, que va desde la localidad de Peine, en el extremo meridional del Salar de Atacama, hasta el Portezuelo de Vaquillas, al sur, y en la ruta que lleva a Copiapó, la cota promedio de altura es de unos 3.000 metros sobre el nivel del mar, abarcando incluso varios kilómetros con altitudes superiores a los 4.000 metros. No obstante que este tramo se inscribe dentro de lo que puede considerarse como la región más árida del Despoblado, su ruta ascendente, que va articulando una secuencia de pequeños tampu, esto es, tambos o tambillos, está trazada en la franja de transición entre la precordillera y la Puna, lo que permite la captación de recursos de agua, pastos y fauna silvestre. (El Camino del Inca en el Despoblado de Atacama, Hans Niemeyer y M. Rivera, 1983, Boletín de Prehistoria de Chile, 9.).

El Camino del Inka entre el salar de Atacama y el volcán Llullaillaco. Se trata de una zona muy árida, hasta trasponer el portezuelo de Vaquillas. Toda esta área, entre Tilomonte y Vaquillas, corresponde al predominio exclusivo de las características de Despoblado de Atacama, donde no existe siquiera vestigios de alguna ocupación humana permanente. La escasez de agua es casi total, salvo en las pocas aguadas que se encuentran en algunos puntos del camino. Se trata de la parte más árida y extrema de la Puna de Atacama. El Despoblado de Atacama se caracteriza precisamente por eso, por estar absolutamente despoblado en tiempos antiguos, como hasta hoy, salvo las ocasionales o insignificantes ocupaciones humanas que ha habido en esta área debido a cuestiones geopolíticas y de dominación (como los tambos del Camino del Inka) y los establecimientos mineros que han aparecido y desaparecido aquí. Jamás ha existido siquiera el amago de una ocupación permanente debido a las condiciones extremas. Con el tiempo, esta designación de Despoblado de Atacama se hizo extensiva también a las desérticas áreas ubicadas hacia el poniente de la cordillera de Domeyko, y entre la quebrada del río Loa, el valle de Copiapó y el Pacífico, zona a la que generalmente se designa como Desierto de Atacama en la actualidad.

Desde el tampu de Peine, en el borde oriental del Salar de Atacama, el camino se dirige a los oasis de Tilomonte y Tilopozo. Enseguida, atraviesa la sierra de Tambillo y continúa por una meseta flanqueada al poniente por la Cordillera de Domeyko, en esta latitud este cordón montañoso se extiende en forma paralela a la cordillera de los Andes, pero más al sur comienza a cerrarse hacia el levante, alcanzando o encontrándose con el macizo andino principal aproximadamente a la altura del portezuelo de Vaquillas. En todo el tramo previo a Vaquillas, el camino está enmarcado al poniente por la cordillera de Domeyko y al oriente por el pie de monte de los grandes volcanes de la cordillera de los Andes. Luego de la sierra de Tambillo se divisan hacia el sur los macizos del Pular, el Socompa y, más al sur, el gran Llullaillaco.

El camino sigue remontando portezuelos y oscilando en altitudes promedio de 3.000 metros, hasta alcanzar la gran cuenca del salar de Punta Negra, ubicada a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar. El rasgo dominante en el paisaje es ahora el volcán Llullaillaco, acompañado por otros conos volcánicos algo menores. Por el occidente, la cadena cordillerana de Domeyko bordea todavía la cuenca. Se está ya en pleno Despoblado de Atacama. (El Camino del Inca en el Despoblado de Atacama, Hans Niemeyer y M. Rivera, 1983, Boletín de Prehistoria de Chile, 9, página 104.).

Es posible que la aguada de la quebrada de Llullaillaco, que se origina a los pies del volcán, corriendo en un sentido este-oeste, haya dado origen al mito del Río Mentiroso. No obstante, hasta nuestros actuales conocimientos, el Camino del Inka habría pasado más abajo, alcanzando esa quebrada a una altitud en la que ya se encuentra desprovista de agua. (Véase, El Camino del Inca, P. Núñez, revista Creces 10 (2), Santiago, 1981, página 26.). sin embargo, existe otra aguada mencionada en la documentación colonial tardía bajo el nombre de Río Frío y descrita por los expedicionarios de los siglos XIX y XX como una de las más importantes de esta zona del Despoblado. Por allí, efectivamente, pasaba el Camino del Inka y después pasó la posterior ruta colonial, el Camino Real, constituyendo un hito indispensable para el abastecimiento de agua y pasto. (Viage al Desierto de Atacama, hecho de orden del Gobierno de Chile en el verano de 1853-54, Doctor Rodulfo Amando Philippi, publicado bajo los auspicios del Gobierno de Chile, Librería de Eduardo Anton, Halle en Sajonia, 1860; El Camino del Inca en el Despoblado de Atacama, Hans Niemeyer y M. Rivera, 1983, Boletín de Prehistoria de Chile, 9.). Es curioso que a Río Frío como se lo conoce al menos desde el siglo XVIII, no sea mencionado en las crónicas de los siglos XVI y XVII, sobre todo considerando que las restantes aguadas principales sí lo son. (La Organización del Espacio como Estrategia de Poder. El Tawantinsuyu en la Región del Despoblado de Atacama, C. Sanhueza, tesis para optar al grado de Magíster en Historia, mención Etnohistoria, Facultad de Filosofía y humanidades, Universidad de Chile, 2004.). Por ello, y por las razones que se exponen a continuación, aquí se opina, postula y propone que este río debió corresponder, efectivamente, al mitificado Anchallullac.

Ubicada a una altura de 3.650 metros sobre el nivel del mar, la quebrada de Río Frío alberga un estero de aguas permanentes que constituye el más importante de la cordillera de Domeyko. En sus cercanías se encuentra un sitio o tampu inkaico, aunque es probable que se trate de una construcción de origen anterior a la dominación inkásica, de proporciones mayores a las de los otros registrados en el trayecto, por lo que el lugar debió ser bastante importante para la administración kichwa. (Nuevas Evidencias Inkas entre Kollahuasi y Río Frío (I y II Regiones de Chile), T. Lynch y L. Núñez, en Estudios Atacameños, 11, San Pedro de Atacama, 1994.). El pequeño estero de Río Frío, cuyas aguas son de especial buena calidad, suele congelarse durante la noche, puesto que allí se registran temperaturas particularmente bajas.

La cartografía anterior muestra la ubicación del Llullaillaco, hito en la frontera actual entre Argentina y Chile, y el portezuelo Sur, en uso desde tiempos preinklaicos, con toda seguridad.

Parafraseando a Lynch y Núñez (Nuevas Evidencias Inkas entre Kollahuasi y Río Frío (I y II Regiones de Chile), T. Lynch y L. Núñez, en Estudios Atacameños, 11, San Pedro de Atacama, 1994, página 158), y como se puede percibir en terreno, desde los bordes de su profunda quebrada se aprecia, hacia el nororiente, el volcán Llullaillaco, que adquiere, especialmente en los atardeceres, una imponente presencia en el paisaje.

Río Frío presenta, además otras singularidades. A diferencia de las anteriores aguadas por las que pasa el Camino del Inka, ésta no nace de la cordillera de los Andes, sino de la de Domeyko, ubicado al poniente. Río Frío no corre de este a oeste, como la mayoría de los cursos de agua de la cuenca, sino que describe una diagonal en sentido suroeste-noreste, en un trayecto encajonado que abarca unos 12 kilómetros de longitud, para luego sumergirse bajo la tierra. Este río parece correr en un sentido inverso al curso del sol, pero también en un sentido inverso a otras importantes entidades celestes a las que se hará referencia más adelante. Hacia el sur, por otra parte, Río Frío alimenta esporádicamente pequeñas quebradas de la gran meseta contigua de Vaquillas. (El Camino del Inca en el Despoblado de Atacama, Hans Niemeyer y M. Rivera, 1983, Boletín de Prehistoria de Chile, 9, página 112.).

Inmediatamente después de Río Frío, el Camino del Inka continúa por una amplia meseta desde la cual puede divisarse, al fondo, la sierra de Vaquillas, perteneciente a la cordillera de Domeyko, que orientándose hacia el levante, está alcanzando la cadena de los Andes. La extensa planicie inclinada que se inicia en este segmento del Camino del Inka, denominada Llano Alto de Vaquillas, va ascendiendo hasta el portezuelo del mismo nombre. Se trata de un espacio o un escenario que ofrece una extraordinaria visibilidad en todas direcciones. El Llullaillaco al noreste, circundado por otras grandes montañas, la serranía de Vaquillas al sur y el portezuelo, al que se accede por una pendiente muy suave, que se aprecia como un amplio umbral señalado en sus extremos por pequeñas y arenosas colinas. A través de esta gran planicie, el Camino del Inka dibuja un recto trazado que alcanza su mayor altura en el portezuelo, ubicado a unos 4.100 metros de altitud sobre el nivel del mar, para volver a descender, luego de atravesar el abra, por la falda sudoccidental de Domeyko hacia la quebrada de Vaquillas, tributaria de ese cordón montañoso. Desde el abra o portezuelo de Vaquillas, la percepción visual es todavía más amplia.

“Desde él se ofrece una magnífica vista tanto hacia el sur como hacia el norte. Por el sur se divisa la silueta casi esfumada del cerro El Indio, cerca de El Salvador; al este el cono del cerro Azufre y por el norte, hasta las cumbres más altas de los volcanes de la Puna de Atacama. Por supuesto que el Llullaillaco domina (con sus 6.780 m) toda la cordillera andina.” (El Camino del Inca en el Despoblado de Atacama, Hans Niemeyer y M. Rivera, 1983, Boletín de Prehistoria de Chile, 9, páginas 110, 111.).

Espléndida fotografía que muestra el observatorio astronómico del cerro Paranal, en el Desierto de Atacama, al sureste de la actual ciudad de Antofagasta. Al fondo, y a unos 190 kilómetros de distancia, aparece la cumbre nevada del cerro Llullaillaco.

El tramo ascendente que abarca esta amplia meseta entre Río Frío y el portezuelo de Vaquillas se extiende aproximadamente por unos 20 kilómetros, y es el que registra las alturas promedio más elevadas de la ruta desde Peine, como también las condiciones más duras para la travesía. Se trata de una superficie llana pero pedregosa, escindida por pequeños y poco profundas quebradas tributarias eventuales de Río Frío y que ofrecen recursos forrajeros a una apreciable cantidad de fauna silvestre. En general, la meseta supera los 4.000 metros de altura y está muy expuesta a los fuertes y fríos vientos que soplan durante el día, y a las gélidas temperaturas de la noche. No obstante, es uno de los tramos con mayor densidad de restos arqueológicos de todo el trayecto. En esta altiplanicie se encuentra una notable cantidad y variedad de pequeñas estructuras de distintos formatos, orígenes y funcionalidades, tales como refugios, paravientos u otros, asociados probablemente a actividades de caza, pastoreo y tráfico caravanero. (El Camino del Inca en el Despoblado de Atacama, Hans Niemeyer y M. Rivera, 1983, Boletín de Prehistoria de Chile, 9, páginas 111, 112.). Es aquí, y a escasos kilómetros del acceso al portezuelo de Vaquillas, donde la documentación colonial y el registro arqueológico señalan la presencia de cuatro pequeñas columnas o tupus dispuestos en forma perpendicular al camino inkaico, y que se describirán más adelante.

Una vez en el portezuelo, se inaugura hacia el sur un espacio y un paisaje notablemente diferente. La cordillera de Domeyko, a la que pertenece el portezuelo, continúa cerrándose hacia el levante hasta unirse, o más bien anteponerse en un sentido norte-sur a la cordillera de los Andes, iniciando un sistema de quebradas y hoyas hidrográficas que riegan con sus aguas intermitentes las faldas cordilleranas en un sentido este-oeste, llegando a favorecer incluso sectores del desierto central. (Desierto y Cordilleras de Atacama, F. San Román, Imprenta Nacional, Santiago, 1902.). Se inicia, entonces, un segundo gran tramo del camino inkaico, que abarca desde el portezuelo de Vaquillas hasta el valle de Copiapó, aproximadamente unos 275 kilómetros de longitud. Ahora, el Camino del Inka describe, en términos generales, una línea descendente que va orientándose hacia el poniente y que va deslindado, esta vez, el desierto de altura (precordillera y puna) del desierto propiamente tal (esto es, lo que más al sur se llama Depresión Intermedia), marcando un notable descenso en la cota promedio hasta alcanzar el amplio y refrescante valle de Copiapó. Por sus condiciones ecológicas, este segundo tramo ofrece una cantidad muy superior de alternativas de acceso a recursos hídricos y pastos. (Viaje al Desierto de Atacama Hecho de Orden del Gobierno de Chile en el Verano de 1853-54, Rodulfo Amando Philippi, Librería de Eduardo Anton, Halle en Sajonia, Alemania, 1860; Desierto y Cordilleras de Atacama, F. San Román, Imprenta Nacional, Santiago, 1902.).

Luego del portezuelo de Vaquillas, el camino continúa por el pie o falda occidental de la cordillera de Domeyko, dirigiéndose hacia el sur hasta la gran quebrada de El Chaco, la que atraviesa a una altura aproximada de 2.760 metros sobre el nivel del mar. Sigue posteriormente en descenso, uniendo las quebradas de Juncal, El Carrizo y Doña Inés, entre otras, a través de un trazado vial particularmente recto. Los siguientes hitos del Camino del Inka de este tramo corresponden principalmente al Río de la Sal y la Finca de Chañaral, desde donde se dirige hacia el gran valle de Copiapó. (El Camino del Inca en un Sector del Norte Chico, J. Iribarren y H. Bergholz, en Actas del VI Congreso de Arqueología Chilena. Hans Niemeyer, editor, Santiago, 1972, páginas 229-266.).

Apuntes Históricos para una Historia de Quilpué

En general, se suele asumir que la Historia de Quilpué ya ha sido escrita en forma definitiva y que ya no es necesario ni se necesita de otra historia de la ciudad o de la comuna.

Nada más lejano de la realidad. Agradecidos, como debemos estarlo, por el gran aporte de grandes estudiosos de las antigüedades locales y de las obras que han salido de las plumas de virtuosos historiógrafos, tanto quilpueínos como foráneos, es necesario que se vayan dando nuevos estudios, nuevas investigaciones, que nuevas obras vayan saliendo a la luz.

Porque la historia de Quilpué, como la de otras comunas de Chile, es una historia que no está lo suficientemente estudiada, investigada y probada. La mayor parte de los estudios e investigaciones realizados sobre la historia se refieren a lo nacional, donde la preeminencia la tienen la Región Metropolitana, y en particular la ciudad de Santiago y sus alrededores, y las grandes culturas prehispanas del Norte, en especial el área likan-antai en torno a San Pedro de Atacama y el valle del río Loa, así como la zona de Arica y algunos puntos del área de difusión de los diaguitas. En menor grado, pero mayormente debido a su vigencia actual, se ha estudiado el área de difusión de los mapuches.

En tanto, las áreas de población pikunche, por ejemplo, donde se efectuó una enorme transculturación, donde día a día la población local luchó por mantener su identidad propia frente a invasores como los kechuas o los españoles, es relegada a un tercer plano, muy discretamente, salvo alguna esporádica y a veces hasta exabruptiva y disruptiva información sobre algún descubrimiento arqueológico efectuado.

Y dentro de esta realidad regional, el valle donde se asientan actualmente las ciudades de Quilpué y Villa Alemana, ha sido poco estudiado. Han sido pocas las investigaciones realizadas. Son muy pocos los vestigios que permanecen, por otra parte, de lo que se descubrió allá por finales del siglo XIX: la ignorancia —mal disfrazada a veces de santa inocencia— de algunas personas llevó a que los únicos restos líticos existentes en la zona, algunos a escasa distancia de la vía férrea, fueran simplemente volados a tiros de dinamita, para recuperar el supuesto oro que decían había en el interior de las piedras tacitas, características de esta zona.

Se desconocen lugares de enterramiento de las poblaciones prehispanas, salvo uno que otro ejemplo, seguramente proveniente de un período tardío o inmediatamente vecino a la invasión española.

Tampoco se pueden señalar a ciencia cierta lugares poblados, como aldeas o caseríos, de esas poblaciones prehispanas, salvo en el caso específico de la desaparecida localidad de San José de Marga-Marga, según parece por lo que se sabe, el asiento original de alguna clase de caserío pikunche, o al menos el sitio de alguna instalación kechua relacionada con las faenas de extracción de oro del estero Marga-Marga. Es imposible precisar de alguna manera o siquiera especular, que la ciudad de Quilpué se haya formado a partir de algún caserío aborigen. Es más verosímil suponer que en el área donde surgió el antiguo pueblo de Paso Hondo haya sido asiento de alguna clase de aldea pikunche. También se podría afirmar algo así, no sin las precauciones correspondientes, que haya habido alguna clase de caserío o rancherío donde existió el también antiguo caserío de Chircana, en El Belloto, y seguramente que sí lo hubo en el área de Peñablanca, donde el Camino del Inka bajaba desde el portezuelo hacia el valle, por la parte superior del estero de Quilpué.

Y es que, en general, tiene que aceptarse que el valle de Quilpué, antiguamente, no era muy apropiado para el asentamiento humano. Aparentemente solo unos cuantos miserables rancheríos servían de habitación a unas cuantas pobres familias pikunches que hallaban el sustento más en la recolección que en la agricultura y la ganadería.


Paisaje de colinas y quebradas hacia el estero Marga-Marga. El verdor de los campos se sostiene solamente hasta principios de la primavera, cuando los calores secan los pastos y una sinfonía de colores ocres y cafés se adueña del paisaje.

El testimonio de algunos longos pikunches de la zona testimonia a principios de la Colonia, que los campos de Quilpué eran usados principalmente en primavera, como coto de caza, cuando el pasto estaba largo, todavía verde, y se podían hallar manadas de guanacos que descendían de las serranías circundantes, para alimentarse. Aparte de eso, la dominación kechua introdujo en el área la explotación de oro en lavaderos que fueron dispuestos en lugares específicos y apropiados para obtener un buen rendimiento.

La administración kechua del territorio puso al entero valle bajo la jurisdicción de un funcionario inkaico residente en Chillellox, en el área de la actual ciudad de Quillota, desde cuyas instalaciones se mantenía una férrea dominación sobre un amplio territorio que se extendía desde el río Choapa hasta la Cuesta de Ibacache, englobando los valles de Choapa, Petorca, La Ligua, Aconcagua, Limache, Quilpué y Acuyo (Casablanca). Pero en una instancia de gobierno local, el valle de Quilpué formaba una unidad administrativa, como una subprovincia, gobernada por un kuraka cuya autoridad se extendía por la mitad inferior del valle de Aconcagua (desde la Puntilla de La Calavera y la del Romeral hacia abajo), abarcando el valle de Limache, el valle de Quilpué y el valle de Acuyo o Casablanca.

Terminada violentamente la administración kechuásica en Chile, luego de la muerte del inka Túpac Amaru y la expedición de Almagro a Chile, en 1536, los hermanos Lonko asumieron el gobierno del entero valle de Aconcagua y de las áreas aledañas, no sin una cruenta guerra en que debieron vencer y expulsar del valle al gobernador inkaico, el que, aliado con el Lonko del valle de La Ligua y otros principales, continuó en guerra con los Lonko, aunque tuvo que retirarse a las instalaciones inkaicas existentes en esos entonces en Colina.

Michimalonko asumió el poder militar supremo cuando se produjo la rebelión de los Lonko contra la administración inkaica. Él fue el Lonko del valle superior de Aconcagua. Pero su poder y astucia y dones y dotes de militar y estadista, aprendidas seguramente de los inkas, y que pudo haber estudiado durante su estadía en Kosko, la capital del Tawantinsuyu, lo llevaron a detentar el máximo poder no solo en su área, sino en todo el valle, y hasta en el valle del Mapocho.

Michimalonko fue capaz de levantar una formidable fuerza militar. Pero carente ya de Barrientos, el español que los había adiestrado antes de la llegada de Almagro, y que se había hecho a la usanza de los naturales de la tierra, depositando su armadura y sus armas en el Templo del Sol de Chillellox (Quillota), Michimnalonko tuvo que apelar a todo lo que había aprendido del español para enfrentar con algún éxito a la maquinaria guerrera española dirigida por Pedro de Valdivia desde 1540 en adelante.

Vencido el toki Michimalonko, salvó su vida a duras penas, y ofreció a Valdivia, por su libertad, los lavaderos de oro de Marga-Marga, y los brazos necesarios para su explotación.

Valdivia aceptó el regalo y se envió a inspeccionar las minas de oro de Marga-Marga. En la generalidad de la documentación, se suele hablar de las minas de Quillota, debido a que estaban dentro de la jurisdicción general de Quillota, según lo entendían, aceptaban y seguían usando los españoles.

En el valle del estero Marga-Marga, en su curso superior sobre todo, se establecieron los españoles que iban a dirigir la explotación de los lavaderos, seguramente al amparo de alguna clase de construcción modesta que databa de los tiempos de la dominación kechua, y que estaría arruinada a algún grado, luego de la guerra que estalló entre las fuerzas inkaicas y las de los hermanos Lonko. De todas maneras, debido a que la edificación se hallaba en un área de contacto, es posible que haya sido reedificada a manera de pukará, para defender el valle en caso de alguna invasión desde el sur, desde Acuyo, desde donde podrían provenir fuerzas inkaicas que defendieran la causa del derrotado Kilakanta.


Atardecer y arreboles sobre los cerros de Los Lunes, en la parte occidental de la comuna. Los cerros de Los Lunes son una cadena de colinas de baja elevación, muy fragosas, que se desprenden del faldeo meridional del cerro El Molle, y limitan el cajón inferior del estero de Quilpué, obligando al estero a virar abruptamente al sur, para dirigirse a su conjunción con el estero Marga-Marga, en el sector de Las Juntas o La Unión, donde dan origen al estero de Viña del Mar.

Cuando los aborígenes se cansaron del mal trato impuesto por los españoles, quienes sedientos de riqueza los hacían trabajar como esclavos y sin descanso, haciendo caso omiso de las enfermedades y de la muerte que se empezaron a presentar en los lavaderos de oro entre los indios que habían sido destinados al laboreo, y aconsejados entre sí los principales lonkos y jefes pikunches, se decidió la rebelión, la que estalló, como pocas cosas en la historia de Chile, en los lavaderos de oro de Marga-Marga, las minas de Quillota.

Engañaron a un español, al que condujeron lejos de los demás bajo el engaño de mostrarle unos lavaderos mejores… Apenas seguros de que nadie más escucharía, un certero golpe de maza en la cabeza del español le causó la muerte inmediata. La sangre brotó. Y con ella la noticia se expandió y extendió a través de todos los valles: los españoles eran mortales, también podían morir.

Casi de inmediato, los españoles que trabajaban en las faenas fueron atacados y muertos en el mismo lugar donde los encontraron. Solamente —desgracia del destino— Gonzalo de los Ríos (quien sería abuelo de la tristemente famosa Quintrala), ayudado por un negro, pudo escapar. Y solamente las herraduras del aguerrido caballo lograron sacarlo a salvo de la muerte a manos de los pikunches envalentonados con el triunfo sobre los desprevenidos españoles que no podían tomar precauciones cuando les hablaban de oro.

Los pikunches, bajo la dirigencia del toki Michimalonko, atacaron enseguida a los españoles que trabajaban en la costa cercana, en la desembocadura del Marga-Marga (no en Concón como alguien creyó, sin prueba alguna), construyendo una embarcación para navegar hasta el Perú: quemaron el astillero y mataron hasta a los yanaconas de servicio, y según cuentan unos cronistas empachados de santurronería, echaron a hervir a los negros…

Y, por supuesto, el 11 de septiembre de 1541, por primera vez, Santiago de la Nueva Extremadura, un pobre ranchería, más pobre que los rancheríos de los indios vecinos, fue atacado, de madrugada, e incendiado.

Solamente a fuerza de porfía los cristianos pudieron sobrevivir, comiendo sabandijas, absteniéndose de oír misa, andando en andrajos como los naturales de la tierra, y deseando ser socorridos.

Los socorros llegaron, cientos de pikunches pagaron con su vida su audacia. Se les fueron quitando sistemáticamente sus tierras, y fueron reemplazados, con el tiempo, por ganado, mejor riqueza para el español. Las mujeres pikunches parieron los bastardos y los hijos legítimos de los hidalgos caballeros de Castilla, en tanto que los hombres pikunches fueron sometidos a la esclavitud más ominosa hasta que, finalmente, a fuerza de porfiar en vano, desaparecieron de la faz de la tierra, y fueron absorbidos, finalmente, por la mezcla resultante del español pobre y venido a menos que vivía en los suburbios o en los campos con algunos elementos mestizos de español e india. El mestizaje mismo se diluyó mucho, finalmente, en una pesada y gruesa capa de sangre española que no provenía de ninguna alcurnia, sino de muy baja cama. Ni que hablar de los elementos mulatos: los pocos que hubieron desaparecieron bien pronto entre las mezcolanzas que se iban produciendo entre mestizos degradados de indio y español y los elementos peninsulares del bajo pueblo.

Rodrigo de Araya, en tanto, el héroe fundador de Quilpué, parece que nunca puso un pie en la zona como dueño de nada. Es cierto que se pueden señalar documentos. Innegable. Pero parece que la realidad fue otra. En su testamento jamás menciona tierras en Quilpué. No existe ningún documento que diga que alguna vez vendió tierras en Quilpué. Ningún documento conocido se refiere a tierras pertenecientes a Rodrigo de Araya en Quilpué que se hayan traspasado, enajenado, heredado, puesto a censo, etc., etc., etc.

Pero sí se sabe por documentos y por hechos positivos de propiedad, que Pedro de Valdivia se adjudicó las tierras de Acuyo (valle de Casablanca hasta la Cuesta de Ibacache), y de Quillota, las que iban desde la Cuesta de El Melón hasta el mismísimo Puerto de Valparaíso.

Y después de Valdivia, el clérigo González de Marmolejo es quien se hace con la propiedad de la extensa estancia de Quillota, la que cambia por las tierras de Andalién, donde hay más oro que en Marga-Marga.

Luego se asiste a varios litigios, división de la propiedad, reconcentración de la propiedad, actos de diversas clases, y hasta órdenes perentorias de las autoridades santiaguinas, como, por ejemplo, el establecimiento de un Alcalde de Minas con jurisdicción y asiento en Marga-Marga, seguramente en el lugar mismo donde existió antaño San José de Marga-Marga, y donde existiría antes alguna clase de construcción inkaica, pukará o algo similar. Y reglamentos tales como la prohibición de trabajar en domingo, o de aceptar que un indio adscrito al trabajo de las minas pague con oro…

Todo lo anteriormente expuesto no tiene otra finalidad que tratar de delinear algunas directrices o líneas de acción sobre las cuales se pudiera eventualmente dirigir una investigación seria y profunda, absolutamente divorciada de los mitos, pero pendiente de asistir a los hechos, de aceptarlos y de determinar su realidad y su importancia e influencia en el devenir de la historia local.

Es cierto que suele entenderse que la historia local no es determinante, y que no influye en los eventos locales, lo que, obviamente, no es cierto. La historia como tal, está conformada por una serie de elementos que sí tienen influencia, y muy poderosa en los eventos posteriores, y que en ciertos casos determinan muy fuertemente las direcciones que se adoptan y la marcha de los sucesos.

La historia local es sumamente interesante y plantea, por otra parte, muchos y grandes desafíos, ya que se debe revisar muchísimos volúmenes de documentos que datan desde los inicios de la Conquista y de la Colonia. Es cierto que la mayor parte de la documentación está disponible para el investigador en el Archivo Nacional, pero eso también quiere decir muchas horas de esfuerzo leyendo y releyendo documentos escritos en letra muchas veces ininteligible, otras veces en documentos bastante estropeados por el uso y el tiempo transcurrido. Son muchas las dificultades que tienen que zanjarse al momento de decidir iniciar una investigación documental.

Sobre todo es difícil cuando se trata de la cartografía. Existen documentos cartográficos del período, pero se hallará que la mayoría de las veces son imágenes ideales o idealizadas de lo que la realidad dice que es otra cosa. Y, por otra parte, la imperfección del levantamiento de los planos y mapas también contribuye a las dificultades en este campo al momento de querer determinar sobre el terreno, por ejemplo, la extensión de la merced de tierras que se otorgó a tal o cual español. Lo mismo cabe decir de las demarcaciones de las haciendas o estancias que se constituyeron. A veces algunos autores entienden que los documentos apoyan, por ejemplo, dejar las cabeceras del estero de Puangue dentro de la jurisdicción de la estancia de Quillota de Pedro de Valdivia. Pero de la misma manera, y con los mismos documentos, otros han determinado que nunca formó parte de aquélla. Y, en la práctica, uno sabe que las delimitaciones territoriales usadas en la Conquista y en la Colonia usaban como hitos los cursos de los ríos o cursos de aguas más importantes. Así, por ejemplo, el estero de Viña del Mar actual sería de límite a las haciendas de Las Siete Hermanas (al sur del estero) y de la Viña de la Mar (al norte del estero). Esta última hacienda se extendía por el norte hasta el estero de Reñaca. En tanto, Las Sietes Hermanas se extendía hasta el estero de las Delicias o del Almendral (actualmente abovedado y que corre bajo la Avenida Argentina, para desembocar en El Barón), donde hacía límite con El Almendral y el Puerto.


La cuenca del Marga-Marga, sobre un mapa de principios del siglo XIX de la Oficina de Mensura de Tierras. A principios del siglo XIX, administrativamente, el entero valle estaba dividido entre los Departamentos de Valparaíso (poniente), Limache (norte) y Casablanca (sur). Y si bien al principio la importancia gravitante estaba centrada en el valle de Marga-Marga, con el establecimiento del ferrocarril el centro de gravedad se trasladó a la oscura aldea de Quilpué, estratégicamente situada en el valle, y donde convergió toda la actividad económica del valle.

El curso medio del estero de Quilpué (llamado a veces estero de Paso Hondo), hacía límite entre la hacienda de la Viña de la Mar (al oeste) y Quilpué (al oriente del curso del mismo).


Entonces, debe entenderse que la empresa de estudiar e investigar la historia de Quilpué, tanto como comuna como ciudad, no es nada fácil. Algunas de las dificultades con que tropezará el investigador exhaustivo será el de ubicar con exactitud el sitio que debió tener San José de Marga-Marga. Es cierto que no han pasado muchos decenios desde que todavía existía, pero se trata de un pueblo diseminado a lo largo de un camino y que ha soportado no solamente el paso del tiempo, sino el trabajo del hombre, porque donde estuvo antaño luego se sucedieron los potreros, en los que el arado roturó y dio vuelta la tierra infinidad de veces. El surco abierto condujo agua. La siembra fue cosechada. El terreno volvió a ser removido. Se volvió a arar muchas veces. Los cultivos cambiaron. También el camino original. Y, en medio de eso, hay que buscar los documentos del período en que existió la Municipalidad de Marga-Marga, tuvo autoridades propias, se expidieron decretos alcaldicios, hubo actas de sesiones de la corporación, hubo actos propios de un gobierno municipal que se realizaron y que pueden y deben ser sacados de donde están guardados, en el Archivo de la Municipalidad de Quilpué, para que sean estudiados y dados a conocer.

Espinos y piedras, propios de un paisaje semi estepario, que es el que predomina en el valle de Quilpué, escasamente regado por las lluvias estacionales y que en nada se beneficiaba de las escasas y pobres corrientes de agua existentes dentro del valle.

Lo mismo cabe señalar con respecto a Colliguay, distrito rural que ha tenido una interesante historia desde los mismos comienzos de la Conquista y que durante la Colonia y los albores de la Independencia nacional desempeñó un no menos interesante papel en el devenir de los sucesos. No debe olvidarse que fue en este verdadero nido de águilas que se refugiaron los últimos restos de los ejércitos realistas que huyeron derrotados del campo de batalla de Maipú. Y desde estas inexpugnables sierras desarrollaron durante algún tiempo una verdadera guerra de guerrilas, lanzando ataques sorpresivos y violentos sobre los desprevenidos valles circundantes de Casablanca, Marga-Marga, Lliu-Lliu, por ejemplo. Después fueron batidos, huyeron más al norte y los últimos realistas fueron liquidados en Catapilco. Pero quedaron las leyendas y los mitos de verdaderas fortunas enterradas en la huida…

Y enseguida están las sagas que tienen que ver con los Valencia, los Araya y los Covarrubias. Interesantes y sabrosas anécdotas e historietas se cuentan acerca de estas familias y de miembros individuales de las mismas.

Pero, ¿quién sabe a ciencia cierta la procedencia de doña Mercedes Canelo, por ejemplo, la ya histórica adalid de las bizcochueleras de Quilpué, que llevó a influir en sus compañeras la fabricación de un gran arco de bizcochuelo para celebrar el paso del Presidente Pérez, en su viaje triunfal de Santiago a Valparaíso, en que inauguró el ferrocarril que comunicaba ambos puntos del país? ¿Dónde, en qué punto exacto, se construyó el arco? Y, ¿cuál fue el destino de tamaña construcción de bizcochuelo?

Asimismo, hay una serie de cosas menos prosaicas y más importantes que pueden ocupar la atención del historiógrafo y del estudioso de las antigüedades quilpueínas, como, por ejemplo, ¿desde cuándo puede datarse la existencia de la aldea de Quilpué? ¿Dónde, exactamente, estuvo el rancherío de Chircana? O bien, ¿cuál es el origen del pueblo de Paso Hondo? Y, ¿cómo se formó la aldea de Peñablanca? ¿Cuál es el origen y cuál fue el destino del antiguo pukará inkaico de Marga-Marga?

Estos informes párrafos que he plasmado aquí, son una antesala que quiere provocar a que se efectúen investigaciones y estudios serios y exhaustivos, y que se abandonen el mito, o al menos que se relegue al sitial que le corresponde dentro de las expresiones culturales y folclóricas locales.

En tanto, persisten estas ideas y estas frases como un desafío que es de esperarse prontamente puedan empezar a tener eco.

Brus Leguás Contreras
Septiembre de 2005

LOS TIEMPOS PREHISTÓRICOS



En términos generales, Prehistoria es un término que se refiere o alude a los tiempos en que no se cuenta con documentos de carácter histórico para reconstruir los hechos del pasado. En las Américas, en general, y en estas tierras, en particu1ar, el nivel cultural de las poblaciones humanas se encontraba, al momento de llegar los españoles en los estadios prehistórico y protohistórico. Esto visto desde el punto de vista más objetivo. Los aztecas, los mayas, los chibchas o muiscas y los quechuas son los principales exponentes de las altas culturas desarrolladas en las Américas al tiempo del Descubrimiento. Puede decirse que tenían rudimentos de escritura, pero, lamentablemente, ello no ha ayudado mucho para el conocimiento de su historia debido a que los sacerdotes católicos se esforzaron por destruir todo vestigio cultural autóctono en el convencimiento de que se trataba solamente de hechicería, demonolatría y cosas por el estilo. Apenas unos cuantos escritos de carácter general lograron ser salvados del patrimonio cultural de Indoamérica prehispana. En cuanto a los quechuas, quienes más nos interesan por su influencia, aunque breve en cuanto a tiempo, en la formación cultural de los aborígenes de Chile al norte del río Maule, usaban ciertas anudaciones sobre cuerdas para transmitir mensajes, pero tales quipos, como se les llama, no tuvieron una gran influencia sobre la conservación de testimonios históricos. Si bien para la reconstrucción, parcial y hasta cierto punto idealizada, del pasado, ya que es altamente improbable el lograr reconstruir fielmente la historia a partir de solamente los pocos vestigios arqueológicos subsistentes a la fecha, es indudable que la información arqueológica revela muchos detalles que pudieran pasar inadvertidos para el cronista o para la tradición oral que ha conservado, ello no basta para el trabajo que debe emprender quien intente reconstruir la historia.

Uno de los ejemplares de Piedras de Tacitas actualmente como lucidos como meros adornos en la Plaza Municipal de Quilpué.

Sin intentar envolverse en la vieja controversia sobre el evolucionismo cultural, religioso, racial e histórico en general, creo que lo que verdaderamente puede hacerse, más que seguir con la antigua forma de Intentar un relato idealizado sobre los tiempos previos a la llegada del Conquistador al continente, es profundizar los estudios sobre la arqueología y en base a ella intentar dar una explicación lógica al fenómeno histórico apreciable bajo una luz más objetiva y libre de prejuicios y tradiciones que en nada sirven para un conocimiento serio y responsable de los sucesos acaecidos en las épocas pretéritas. Claro que el ya intentarlo es difícil empresa cuando no se cuenta con los medios suficientes para efectuarlo. El no intentarlo es enclaustrarse en los viejos moldes y cánones del simple relato monótono e idealizado, plagado de mitos nacionalistas que ya ha sido superado en la historia nacional por eximios autores.

La prehistoria de Quilpué y las tierras altas vecinas, entendida la prehistoria como el período de tiempo anterior a la conquista quechua, es decir, antes del año 1485, la fecha generalmente aceptada para la invasión quechua de las tierras al sur de Coquimbo, es un período naturalmente de suma oscuridad en que solamente, a ciencia cierta, puede hablarse de los vestigios arqueológicos más que de otra cosa. Incluso los rudimentos de conocimiento que se poseen sobre religión y vida cultural dependen de la interpretación que se pueda dar a los restos arqueológicos, generalmente de cementerios que se ha podido ubicar y excavar en distintos puntos. De ahí que el conocimiento actual sea fragmentario e impreciso, y depende mucho de la fe del investigador y del historiador en los cánones que se han establecido para la interpretación de los restos que se han podido encontrar.

De un modo general, puede decirse con certeza que el valle en que actualmente se asientan las ciudades de Quilpué y Villa Alemana, por sus suaves lomajes, sus bosques plenos de vida animal, su excelente clima y sus recursos hídricos, fue habitado desde muy antiguo por el hombre paleoamericano.

Este “Lugar [Paraje] de Tórtolas”, como lo habrían llamado los aborígenes, al menos en parte, según parece, conservaba hasta fines del siglo pasado algunos imponentes vestigios dejados por sus antiguos habitantes, consistentes en verdaderos monumentos megalíticos, formados por grupos de enormes rocas que se ha supuesto hayan servido como lugares de culto. Lamentablemente para el patrimonio arqueológico de la zona y del país, fueron criminalmente destruidos, pese a las advertencias que hiciera el afamado doctor Francisco Fonck, gran estudioso del pasado de Quilpué, persona a la que se deben numerosos trabajos en toda la zona relacionados con la arqueología local. Debido a esa destrucción, actualmente la ciudad carece de mayores testimonios del pasado.

A fines del siglo XIX, el Dr. Fonck comenzó a estudiar los monumentos paleolíticos de Quilpué y sus alrededores. Para facilitar su ubicación y estudio los fue denominando como Grupo I, Grupo II, Grupo III, y así llegó a individualizar hasta siete de estos monumentos pétreos en las vecindades de la ciudad de Quilpué. Los más importantes de estos monumentos se encontraron cerca de las riberas del estero de Quilpué y otros un tanto internados hacia el entonces fundo El Retiro. El Dr. Fonck reconoció y estudió en 1891, en un punto vecino al tendido ferroviario, el primero de estos grupos de monumentos. En el sitio que él reconoció, al pié de dos inmensos bloques de piedra en que se habían labrado cuatro "tacitas" en forma de mortero, encontró una enorme cantidad de piedras que él reconoció como felsita granítica y que mostraban claramente haber sido trabajadas por el hombre para confeccionar armas y herramientas. Junto a estas piedras, que él calculó en más de 10.000, encontró también gran cantidad de ejemplares de manos de mortero, piedras horadadas, y otros útiles del mismo material, llegando a concluir que estaba ante un grupo arqueológico de primera importancia que incluía un monumento talvez de carácter religioso junto al cual debió haber existido un gran taller paleolítico destinado a la ejecución de útiles de piedra tallada.

Aquí conviene hacer mención especial de una característica sumamente enraizada con el patrimonio cultural aborigen local. Se trata de las llamadas piedras de tacitas y las piedras horadadas que se encuentran en gran abundancia en toda la zona, como en todo Chile Central. Algunos autores han intentado, desde hace muchísimo tiempo, explicar el origen, significado y propósito de tales piedras emparentándolas con diversas manifestaciones culturales que se pueden observar a través de la investigación arqueológica y de la tradición local. Antes de poder decir nada al respecto, sin embargo, es necesario tener en cuenta que tales piedras han sido reutilizadas después por otros grupos humanos que han habitado en estas tierras, ya sea para moler, para hacer girar las puertas de los corrales y de los campos sembrados, incluso como palmatorias para las velas o para la molienda de granos o de minerales. Autores diversos han llegado a la conclusión de que tales manifestaciones líticas corresponden a una cultura que existió en el Chile Central en los tiempos prehistóricos más antiguos, en el paleolítico (es decir, preagroalfarero) americano, y que se evidencia especialmente en la localidad de Montenegro, en la provincia de Chacabuco, Región Metropolitana de Santiago, la que a su vez habría sido influenciada por cierta cultura lítica sumamente parecida a otra de California (Norteamérica), que se ha evidenciado en la localidad de Huentelauquén en la provincia de Choapa, Región de Coquimbo. A su vez, la cultura de los talleres líticos de Montenegro habría influido poderosamente en ciertas capas de los conchales de toda la Zona Central.

En todo caso, parece más probable atribuir esta cultura lítica a un pueblo nómada, recolector y cazador con ciertos rudimentos de agricultura y de alfarería que se estableció, en último término, cuando ya la costa estaba poblada por gentes dedicadas a las faenas marítimas. Estas gentes solamente habrían pasado por Norteamérica y solamente en reducido número habrían ido quedando a lo largo de la ruta en su penetración al interior del continente, hacia las tierras más hospitalarias del Sur; finalmente habría llegado a Chile a través de la costa, superponiéndose en algunos casos a los antiguos habitantes en varios lugares. Testimonios de su paso, a veces veloz -por así decirlo- y otras lento, serían los hallazgos de piedras horadadas y piedras de tacitas escasísimas en Norteamérica, Centroamérica y en Colombia y Ecuador, pero un tanto abundantes en Perú y de nuevo escasos en el Norte de Chile. Es en la Zona Central de Chile donde estas piedras características son especialmente abundantes y en diversos tamaños.

Otro ejemplar de Piedra de Tacitas que se encuentra semi oculto en medio de los jardines de la Plaza Municipal de Quilpué, como si el pasado aborigen ofendiera a los más egregios espíritus progresistas de la administración local actual.

Por toda la zona habitada al tiempo del Descubrimiento de Chile por poblaciones de habla chilidugu (pikunches, mapuches, huilliches) pueden hallarse ejemplares de piedras horadadas de toda forma y tamaño, para las cuales todavía no ha podido darse una explicación lógica y convincente que pueda ser aplicada a todas ellas. Las piedras horadadas se fabricaron de los más diversos materiales líticos, como granito, basalto, pórfido y escoria volcánica, por ejemplo. Su tamaño también es variable. Las hay tan pequeñas como de menos de 5 cmts. de ancho y muchas superan los 50 cmts. Su forma varía también y se las puede hallar circulares, ovaladas, cónicas o bien irregulares, sin forma determinada alguna. La perforación que lucen y les ha dado nombre esta generalmente situada en su centro y puede ser bicónica, o sea angosta en el centro y ancha hacia los extremos exteriores, como dos embudos unidos por la parte angosta, o bien puede ser cilíndrica y derecha, manteniendo el mismo tamaño de su anchura a través de toda la perforación que se ha practicado. Algunas de éstas últimas perforaciones son extremadamente angostas a través de toda su extensión.

Al carecerse de las herramientas adecuadas para este tipo de manufacturación, el trabajo debió ser sumamente largo y agotador, ya que solamente se podía contar con otras piedras para efectuar la horadación de los ejemplares elegidos. Un tipo especialmente interesante es el de las piedras horadadas con decoración, la que consiste en dibujos incisos o pintados a color en forma de círculos o líneas rectas. Las piedras horadadas generalmente se han desenterrado de los campos de cultivo actualmente utilizados mediante el arado mismo, en forma totalmente fortuita y accidental. Algunas se han hallado en los cementerios y otras han estado muy en uso por décadas como elementos para hacer girar las puertas de los corrales y de los potreros o bien, en casos, como palmatorias para las velas de uso común en el alumbrado de las casas de los campesinos.

Se ha llegado a proponer que tales piedras horadadas hayan servido como armas, es decir, como cabezas de macana, por medio de insertar en su perforación un mango de madera. Otros han propuesto que sirvieran como pesos para las redes de pesca, o bien como pesos para los palos aguzados con que se efectuaba la labranza de los campos de cultivo También se las ha explicado como torteras para los husos de hilar o como percutores o martillos, ya sea mediante un mango o simplemente introduciendo los dedos a través del orificio central que poseen. Indudablemente que algunas, de acuerdo a su tamaño y forma, hayan tenido tales usos, pero aparte del material de que están todas ellas fabricadas, el único factor común que poseen es la perforación que se ha practicado en su centro y todavía permanece inexplicable el objetivo de las mayores de estas piedras horadadas y quizás el mismo carácter que se haya atribuido a ellas sea errado si es que se logra probar que hayan tenido, por ejemplo, un carácter mágico-religioso solamente y ningún uso práctico en los rubros que se les atribuyen, sin descontar con que después los mapuches y picunches de tiempos recientes los hayan usado solamente con los fines que se les suele atribuir.

En cuanto a las piedras de tacitas, de las que hay dos hermosos ejemplares expuestos en la Plaza Manuel Irarrázabal de Quilpué anteriormente muy bien exhibidos hacia el ángulo noroccidental, que da hacia la Estación de Ferrocarriles, pero hoy puestos en el lugar menos dañoso para los jardines que adornan el frontis del edificio en que funciona la Municipalidad de Quilpué -talvez porque el pasado aborigen sea un execrable resabio que se desea evitar- y que proceden de un grupo arqueológico descubierto en un rincón de El Retiro por el doctor Luis Santelices Lantaño, el eminente continuador de la obra del Dr. Francisco Fonck. Las piedras de tacitas se encuentran en gran abundancia a través de las Regiones de Valparaíso, Metropolitana de Santiago, y del Libertador General Bernardo O'Higgins y del Maule, si bien se las puede hallar hasta en la zona de los diaguitas y hasta tan al sur como en las Regiones de La Araucanía y Los Lagos. Las "tacitas", como se acostumbra llamarlas, son perforaciones superficiales que suelen ser aplicadas en grandes piedras sueltas y también en la roca viva, donde ésta aflora a la superficie. La dispersión areal de este tipo de piedras labradas presenta caracteres muy similares a la de las piedras horadadas, lo que hace suponer que pertenecen al mismo pueblo o cultura, revelándose, por su número, que en el Chile Central estuvo el hábitat del pueblo que las produjo, ya que hacia el norte y hacia el sur su número escasea y se hacen raras hacia los extremos.

Como en el caso de las piedras horadadas, no existe uniformidad de pareceres para explicar la finalidad que tenían las piedras de tacitas, dándose sobre este respecto muchas diversas opiniones, estimando algunos autores que han servido para efectuar ceremonias religiosas en que no faltaron los sacrificios humanos, o bien para efectuar comidas sagradas o ceremoniales. Se les ha supuesto un carácter distinto a veces, como, por ejemplo, para juegos de diversión, piedras de moler granos o minerales. Otros simplemente han supuesto un fin puramente práctico: utensilios en los cuales comían los miembros de una familia aborigen. Con ciertas reservas, en cuanto a que las explicaciones propuestas no satisfacen plenamente la existencia de tales piedras de tacitas en todos los lugares en que se han encontrado y a su diversidad en cuanto a número, tamaño y forma de las "tacitas", podría decirse que quizás las más pequeñas hayan servido para la molienda de granos y otras para la molienda de minerales. Las de gran tamaño pudieran estar relacionadas con algún culto agrario o solar, en las cuales pudo verterse las ofrendas que se presentaban a las divinidades o manifestaciones sobrenaturales localmente adoradas. No carece del todo de propósito el advertir que, domo en el caso de las piedras horadadas (así como parece también ser el caso en cuanto a los llamados litos de Huentelauquén, en la desembocadura del río Choapa, ya aludidos anteriormente) las gentes que vivieron en estas tierras al tiempo de la llegada de los hispanos han reutilizado estas piedras. Tal es el caso de los campesinos de tiempos recientes que las han utilizado casi invariablemente como morteros para la molienda de sus granos. En otros casos, anteriormente, ciertas comunidades picunches las utilizaron en ciertas danzas ceremoniales que delatan a las claras su tinte quechuásico; no por ello debe perderse de vista que ciertas manifestaciones religiosas de los naturales de estas tierras fueron reencaminadas por los quechuas que conquistaron estas tierras hacia los rituales incaicos, hacia la adoración solar en especial. Sea como fuere, la incógnita sobre el real y verdadero alcance de la utilización original permanece en oscuro.

Más tarde, el Dr. Fonck y otros investigadores reconocieron un gran conjunto, impresionante, que fue designado como el Grupo II, y que estaba formado por varios enormes bloques de granito colocados verticalmente, en la misma forma de los menhires bretones, frente a los cuales descansaban en el suelo cinco rocas relativamente planas con una veintena de tacitas horadadas en cada una de ellas, dando la impresión de ser aquello un conjunto religioso de gran importancia, junto al cual se encontró gran cantidad de instrumentos de piedra y todas las señas de haber existido también un taller lítico allí. Tal era la importancia de este hallazgo que, en su libro "El Culto de la Piedra en Chile", Cañas Pinochet lo califica como el Olimpo de Chile concediéndole un extraordinario valor para la arqueología chilena. Y, en verdad, tal descubrimiento fue sumamente importante para una mejor comprensión del fenómeno histórico y arqueológico local.

En 1893, Fonck y Kunz publicaron un libro sobre los monumentos megalíticos de Chile en el cual hicieron un extensísimo estudio sobre otro grupo arqueológico descubierto en Quilpué, al que se conoce como el Grupo III, que contenía una enorme piedra de granito en la cual se habían practicado veintinueve perforaciones en forma de las ya conocidas tacitas a modo de mortero y otra que fue calificada, dudando, como Piedra del Sacrificio y que el mismo Dr. Fonck, posteriormente, dice que fue destruida en 1895, tal como ocurrió con la piedra de tacitas adjunta.

Los yacimientos arqueológicos de Las Cenizas, en la parte meridional de este valle, y los de El Retiro, en la parte septentrional, han sido asignados al Segundo Período Preagroalfarero, que corresponde al Mesolítico del Viejo Mundo. En el fundo Las Cenizas se ha descubierto un cementerio con numerosos esqueletos, enterrados en posición flectada. Corno ajuar se les puso piedras horadadas, puntas de flechas pedunculadas, grandes hojas foliáceas deliberadamente salpicadas o cubiertas con pigmento de color rojo. En la superficie se encontraron piedras de tacitas, manos para moler y restos de una burda alfarería. Según la Sociedad Arqueológica Dr. Francisco Fonck, de Viña del Mar, se trataría de un pueblo neolítico precerámico al que se ha dado en llamar pueblo de las tacitas. Los esqueletos y las piedras de tacitas pertenecerían al mismo pueblo; pero la cerámica allí encontrada sería perteneciente a otra cultura, lo cual ha sido rebatido por otros autores en diversas oportunidades, señalándose que a la gente que elaboró el material lítico aquí encontrado resultaría más propio llamarla pueblo de las piedras horadadas, por ser éstas mas características y abundantes que las tacitas en la región. Se ha dicho que el tal pueblo conoció la alfarería y que no hay razones para desconocer que la alfarería hallada en la superficie no les pertenezca; además que el estadio cultural de estos labradores de la piedra era neolítico y no precerámico o paleolítico, corno se ha establecido en otros estudios; por lo demás, la posición genuflexa de los esqueletos correspondería a un pueblo conocedor del arte de la cerámica, ya que culturas como la de los conchales enterraban a sus muertos en posición tendida. Por lo demás, lo real es que en conexión con las piedras de tacitas y piedras horadadas se ha encontrado también cerámica. Y es de estas gentes de las piedras de tacitas y de las piedras horadadas que provendrían los picunches que se conocen de la época protohistórica y de los tiempos de la conquista.

Después del Dr. Fonck, continuador de su obra fue el Dr. Luis Santelices Lantaño, quien pudo ubicar un grupo arqueológico y salvar de la destrucción dos interesantes bloques de piedra con tacitas que donó a la Ilustre Municipalidad de Quilpué y que actualmente se encuentran adornando la plaza José Manuel Irarrázabal corno mudos exponentes del pasado y como recuerdo y homenaje póstumo de la ciudad al sabio pionero de los estudios arqueológicos en Quilpué, el Dr. Francisco Fonck.

Esta breve descripción a grandes rasgos nos puede dar una idea del grado de importancia que alcanzó en Cullpo-hué la cultura precolombina autóctona, y de la base sobre la cual continuó después el desarrollo cultural de las gentes que aquí habitaron. Probablemente, en el futuro cercano, se pueda estudiar a mayor grado de profundidad la prehistoria quilpueína cuando se cuenten con medios suficientes para el esfuerzo que exige tal empresa. Hasta entonces, es necesario no cejar en el afán de adelantar lo máximo posible en el estudio y valoración de lo que representan los vestigios arqueológicos encontrados hasta la fecha y tratar de elaborar una descripción coherente y bien desarrollada tanto en lo local como en lo regional y nacional de lo que ha sido el desarrollo humano a través de siglos de oscuridad inescrutable a simple vista, para formar un panorama ágil y al día de cómo los antiguos pobladores de estas tierras vivieron y se condujeron, ya sea en el arte, la religión, la familia, el comercio, la política, etc.

La Expansión Inkaica en el Valle de Aconcagua Según los Cronistas

Conquistado ya el Norte Chico hasta el valle de Kukimbu [Coquimbo (hacia 1460?)] por Topa Inka Yupanqui, los kichwas movilizaron mitimaes diaguitas, atacameños y aimaraes que avanzaron hacia el sur hasta el Valle de Chile o de Aconcagua, esto es, Quillota.

En el valle de Quillota fueron bien recibidos por los naturales, mientras éstos reunían las fuerzas necesarias para resistirles. Apenas lo consiguieron, los enfrentaron y expulsaron a los invasores.

Enterado el Inka de esta primera derrota ocurrida en Quillota, envió 100.000 guerreros dirigidos por un primo suyo a someter el Valle de Chile [esto es, de Quillota (Rosales I: 338)]. Este jefe militar fue Apokámak Inka, según Guamán Poma (:518) y Martín de Murúa (Libro 2º Cap. IV). Habría sido hijo de Pachakuti Inka Yupanki, y le habrían acompañado varios miembros del linaje imperial reinante: Winchachire Inka, Manko Inka, Topa Amaro e Inka Maytak.

Este ejército poderoso conquistó el valle e hizo un cruel castigo con el cacique principal, que era uno solamente y con muchos de sus vasallos (Rosales). Sin embargo, los nativos prosiguieron la rebelión aunque finalmente fueron aplastados (Rosales id.).

La conquista de Quillota (su extensión como la entendían los conquistadores hispanos, abarcaba desde la serranía que separa al valle de Aconcagua del valle de Ligua, con Llay Llay por el oriente y la serranía de la Dormida y Colliguay hasta el valle de Casablanca por el sur) aseguró al Tawantinsuyu la posesión del Norte Chico y del valle de Aconcagua, el último transversal, con acceso a ricos minerales de cobre y oro, además de abundante mano de obra indígena. El Inca Garcilaso de la Vega afirma que la expansión hasta Aconcagua fue un proceso largo lleno de sacrificios para los Incas, que duró 6 años. El Inca debió socorrer a los suyos con guerreros de refuerzo, bastimentos, armas, vestuario y todo lo necesario para sostener la campaña , llegando a tener en el Valle de Chile más de 50.000 guerreros, seguramente con sus familias (Garcilaso :447).

Oliva expresa que, para asegurar la conquista de Quillota y el Valle de Chile, Topa Inca Yupanqui debió preparar los caminos, hacer tambos, puentes, pozos, depósitos de alimentos, a fin de mantener un gran ejército en campaña. Habría preparado el traslado a Chile de un contingente inmenso de mitimaes, cercano al medio millón de personas, que poblarían el territorio, mientras la población nativa rebelde sería trasladada a otras regiones distantes del Imperio. Sin embargo, la muerte le impidió concluir tales proyectos de deportación en masa (¿Hacia 1493?).

El sucesor, Wayna Qápaq, continuó tales preparativos y se dirigió a Chile Central en persona con ese poderoso ejército, logrando el sometimiento definitivo de los valles desde Aconcagua hasta el Cachapoal (Oliva 1598).

Atribuibles a este monarca sería la serie de Pukará existentes en Aconcagua, Mapocho y Maipo; en especial Chena, Angostura y Merchacas. En cambio las construcciones de Catemu y Cerro Mauco, podrían pertenecer al último tramo del reinado de Topa Inga Yupanqui, cuando el río Aconcagua constituía la frontera austral del imperio.

La expansión hacia el sur fue continuada por Waina Kápak, que recorrió todo el territorio anexado, especialmente Quillota, Aconcagua y Mapocho. En el Valle de Chile invistió como Kuraka (su representante) a los jefes locales Michimalonko y Tanjalonko, dejando en un segundo plano al gobernador cuzqueño Kilikanta (Sarmiento: 124). Probablemente este Inka organizó definitivamente la extracción del tributo en oro de Marga-Marga, que debían enviar anualmente al Qosqo los kuraka de Aconcagua, y la división del señorío político del valle en dos mitades: valle superior e inferior, quedando este último —en la práctica— subordinado al primero.

Cieza de León (280), afirmaba que la visita de Waina Kápak a Chile duró un año, consolidando la autoridad imperial. Dejó mitimaes (colonos leales al Inca) bien instalados y trasladó mucha gente de Chile a otros territorios. Ordenó que en muchos lugares se difundieran relatos orales o "memorias", seguramente con ayuda del "khipu" (memorizador de cuerdas de lana), recordando sus conquistas. J.V. Murra (1975: 114) ha encontrado en documentos de 1567, testimonios de señores lupaka sobre el traslado de mitimaes de este grupo étnico del Kollasuyu (altiplano boliviano) hacia Chile.

El ya citado Oliva recuerda que durante la administración de Waina Kápak, "no estaba del todo conquistado en el Reino de Chile y así para sujetarle hizo numeroso ejército que entregó para este efecto a Anamanya orejón...", es decir del linaje del Inka.

Los objetivos de la expedición de Anamanya eran pacificar el territorio y deportar a los nativos, reemplazándolos con los mitimaes que traía su ejército. Pareciera que no encontró dificultades en pacificar lo que ya se había incorporado al Imperio y pudo incorporar nuevos territorios en el área de los Purumaukae —a los que se llama también, por deformación del original, promaucaces, promaucaes y promaucas, etc.—.

En estos últimos lugares los habitantes se sometieron a condición de no ser desterrados. Anamanya habría regresado a Qosqo a informar al Inka de esta nueva situación que difería de las órdenes que traía. Dejó de guarnición un numeroso contingente al mando de un jefe llamado Chaqu —Chaco—. Pero Wayna Kápak entretanto falleció en Kitu —Quito— (1527), mientras proyectaba un nuevo viaje a Chile, "que le quitaba el sueño pensar que no era tan obedecido en aquel reino como quería..." (Oliva: 58)

La formación de alianzas militares entre los valles chilenos, fue la estrategia nativa para detener y/o derrotar el avance incaico hacia el sur.

En la defensa de Quillota participaron habitantes de otros valles cercanos y lejanos, y según Rosales, la derrota de los guerreros de Quillota y sus aliados fue seguida por la rendición completa de los valles de Aconcagua y Mapocho (Rosales I: 238).

La fuerte resistencia indígena nativa obligó a los kichwas a establecer un sistema de relaciones especiales con los sometidos de Chile, que permitiera su integración al Imperio y a las tareas expansionistas trazadas por el Inca para más al sur, en territorio Promaucae y Mapuche.

Según el etnohistoriador Osvaldo Silva, esas relaciones políticas entre los naturales y los kichwas se expresaron en la forma de "intercambio recíproco de favores o servicios".

Como expresión eufemística de este sistema especial de dominación o protectorado, surgieron "alianzas" entre el Inka y los jefes locales. Principal favorecido con el sistema instaurado por Waina Kápak fue el jefe Michimalonko, llevado un tiempo cuando muy joven al Qosqo, tal vez como rehén al principio, y colocado luego como kuraka —gobernante— del valle de Aconcagua. La situación de privilegio alcanzada por aquel, debido a la riqueza aurífera que aportaba Marga Marga y Aconcagua, le permitiría ser invitado al Qosqo por el emperador y comer en su mesa, "cosa que con ningún otro había jamas hecho " ( Mariño de Lobera: 275).

Chillellox —Quillota— se había convertido hasta 1536 en el centro administrativo de la provincia incaica o "Huanami" comprendida entre los ríos Choapa y Maipo, incluido el valle del Mapocho (Zapater 1981:253). Lo que siguió después, es ya bastante conocido. El estallido de la guerra civil entre Wáskar y Atawalpa hacia 1527 obligó el retiro de la principal fuerza militar incaica hacia el Qosqo, permitiendo la sublevación general entre Aconcagua y Maule. Una expedición punitiva dirigida por el primo de Wáskar es enviada, pero la frontera imperial retrocede definitivamente hacia el río Maipo (Angostura).

En Aconcagua y Mapocho se mantienen Kilikanta y Vitakura como gobernadores inkásicos respaldados por mitimaes y jefes locales.

Tras la muerte de Atawalpa y Wáskar, llega el español Calvo de Barrientos que es bien acogido por Michimalonko, un hombre empecinado en expulsar a los kichwas del territorio, y quien lo convierte en su jefe militar contra los kichwas.

Cuando llega Almagro y su hueste, Kilikanta lo recibe en Aconcagua, pero apenas el hispano se retira al Perú, Michimalonko y Tanjalonko se sublevan contra Kilikanta, que debe huir a Kolina y Mapocho. Quilicanta establece entonces una alianza con el kuraka del valle de La Ligua para mantener la guerra contra Michimalonko en Aconcagua.

Cuando irrumpe la expedición de Valdivia en 1541, Quilicanta y sus seguidores lo reciben como amigos y aliados en el valle del Mapocho, esperando que su presencia les ayude a derrotar definitivamente a Michimalonko, quien a la fecha se ha erigido en el liberador de los pikunches de los valles de Aconcagua y Mapocho.

La historia diría otra cosa.


La Propiedad de la Tierra en la Cuenca del Marga-Marga

En estas notas, se entenderá por “cuenca del Marga-Marga” al entero valle que se extiende entre la llamada Cordillera de la Costa, por el este; el cordón de Los Lunes, por el poniente; el cordón de Las Palmas, por el sur, y los cerros y colinas que forman el cordón de Torquemada, amplia cuenca hidrográfica actualmente dividida entre las comunas de Quilpué y Villa Alemana.

La Corona española reglamentaba muy detalladamente las condiciones y requerimientos de un lugar antes de autorizar la fundación de una ciudad o población, buscando una cierta armonía entre las localidades existentes y asegurar un mínimo de bienestar para los vecinos de la nueva población.

Apenas llegado a Chile (nombre que originalmente sólo aplicaba al valle del Aconcagua, pero aparentemente restringido en particular al área donde en la actualidad se levanta la ciudad de Quillota y sus alrededores, esta designación que se fue haciendo extensiva a medida que se iba extendiendo el reconocimiento del país y adelantando tanto el descubrimiento como la conquista), don Pedro de Valdivia comenzó a reconocer el territorio en busca del lugar más adecuado para fundar la primera población.


El mapa señala el área aproximada de cultivos del valle de Chile, y los terrenos ocupados por los mitikona (mitimaes) en el sector, el que se extendía aproximadamente desde el centro de Quillota actual hasta La Cruz, junto a la Calle Larga. En el punto donde después se alzó Quillota, convergían el Camino del Inka que venía desde el Norte a través de la serranía desde Chilicauquén y el que iba de la costa al interior a través del valle. La residencia del gobernador inkaico, así como el Templo del Sol, debieron haberse emplazado en algún lugar de la Calle Larga de Quillota, aunque se desconoce el lugar real y efectivo, así como también el emplazamiento de la pukará del sector que contenía la guarnición militar quechua.


Reconocido primeramente el valle de Quillota, esto es, el valle de Chile, en 1540, que en ese entonces exhibía una alta concentración humana, se dirigió al valle del Mapocho, donde, finalmente, tanto maravillado por la extensión del valle ante su vista como por los recursos que podía obtener para la población que proyectaba, fundó la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, el 12 de febrero de 1541.

Apenas fundada la ciudad (que en realidad resultó apenas una pobrísima concentración de rancheríos muy parecidos a los de los pikunches comarcanos, aunque el germen de una metrópoli destinada a detentar la capitalidad de los dominios españoles en esta parte del mundo) y asentada la hueste que le acompañaba, don Pedro de Valdivia procedió a repartir las tierras en nombre del Rey de España. Grandes extensiones de tierras fueron adjudicadas en los alrededores de la flamante ciudad de Santiago a modo de recompensa por la participación en la expedición.

Las formas más habituales de repartición de tierras eran la merced de tierras y la llamada encomienda. La merced de tierras era una concesión en que a cada vecino se le aseguraba un solar “en el cual debían construir su casa. Además del solar urbano, se le adjudicaba a la vez, en las afueras de la ciudad, parcelas menores para cultivos de huerta y chacra y mantener algún ganado.

“El que deseaba explotar una finca ganadera podía obtener, para ello, una propiedad rural más extensa, lejos de la ciudad. Estos predios de pasturas se llamaban hacienda, estancias o hatas.” (América Latina, R. Konetzke, página 40.).

En sus orígenes, la encomienda consistió en la asignación de un grupo de indígenas a un miembro de la hueste. Este último disponía de los indios encomendados a su cargo, pero era responsable —aunque demasiadas veces apenas en el mero papel— de su educación y protección. La verdad es que, como lo muestra la historia, que generalmente los encomenderos consideraban a los indios encomendados como una mera propiedad, y los trataban como a esclavos, castigándolos y hasta dándoles muerte si lo creían necesario, y usando de las mujeres indígenas para su satisfacción sexual.

Considerados por la Corona como inhabilitados para actuar por sí solos, los indígenas debían ser entregados como encomienda a alguien que se hiciera responsable de ellos y se encargara de la recepción de sus tributos. En Chile, este proceso fue muy lento y arbitrario, especialmente al inicio de su puesta en práctica, ya que se entregaban muchas veces en encomienda indígenas que no existían o mercedes de tierras en las afueras o cerca de la ciudad que todavía no se conocían y que distaban mucho de haber sido sometidas al dominio hispano.

Así, pues, resulta bastante interesante el hecho de que en los primeros meses del año 1542, don Pedro de Valdivia repartiera el territorio situado entre Copiapó y el Maule entre sesenta vecinos de Santiago. (Historia de Chile, Francisco A. Encina, Editorial Ercilla, Santiago de Chile, 1983-1984, tomo I, página 167.). Los límites de dichas donaciones, pues, no pudieron quedar muy claros si uno se atiene al conocimiento que en ese entonces se tenía del territorio que se estaba repartiendo, y, obviamente, debieron producirse no pocos roces internos.

En 1544 el encomendero del valle de Chile (Quillota) era don Pedro de Valdivia. Esta encomienda abarcaba un extenso territorio que incluía no solamente la totalidad del valle del Aconcagua, sino también el entero valle de Limache, todo el valle de la cuenca del Marga-Marga y el entero valle de Acuyo (Casablanca actual), hasta la cuesta de Zapata y la de Ibacache.

Más tarde, en reunión efectuada el 26 de abril de 1547, el Cabildo de Santiago, que tenía ingerencia sobre estas tierras también, procedió a hacer entrega de tierras para estancias y sementeras en la zona de la cuenca del Marga-Marga a tres vecinos de la ciudad.

El primero en recibir tierras fue Ortum Jerez. A este se le hizo entrega de “un pedazo de tierra para nuestra estancia y sementeras en el río arriba de Malga Malga, arriba de donde sacan oro, por cama de los tombillos que dicen del Inca, sobre la mano izquierda pasado el río, en una quebrada que entra en el mismo río de las minas, toda la quebrada en largo, que es desde donde entre el río de las mimas hasta arriba al nacimiento de la quebrada, y de ancho lo que tiene la dicha quebrada, lo cual es en el término y jurisdicción de esta dicha ciudad de Santiago.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

En la misma sesión del Cabildo se hace “merced y dona a Rodrigo de Araya, vecino de esta dicha ciudad, de un pedazo de tierra para su estancia y sementeras, pasto y labor, en el río de las minas el río arriba donde nace el dicho río, que hace dos brazos y de allí se juntan en las dichas tierras y se hace uno, de allí para arriba, que son en el término y jurisdicción de esta dicha ciudad.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

Igualmente se entregaron otras tierras en la zona. Una de éstas le correspondió a don García Hernández, y consistió de “un pedazo de tierra para vuestra estancia y sementeras pasto y labor en el río de las minas, junto a los tambos, por cama de ellos, el río arriba.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

De la misma forma en el caso de don Francisco de Riberos, a quien el Cabildo otorgó “un pedazo de tierra para vuestra estancia y sementeras, pasto y labor, en el río de las minas el río arriba, hacia donde nace el dicho río al cabo de las tierras y estancia que tiene Rodrigo de Araya.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

En general, entre estos vecinos queda conformada la repartición de las tierras de Queupue, que pertenecía al valle de Quillota, esto es, el valle de Chile.

La historia tradicional de Quilpué, la que es oficialmente aceptada y difundida por las instancias municipales, supone que todo comenzó cuando, en plena conquista, el Cabildo de Santiago otorga las tierras de Quilpué (lo que, asimismo, se entiende como desde Peñablanca hasta Paso Hondo y desde Colliguay y el límite actual con Casablanca hasta el actual límite con Limache), situadas en el “Río de las Minas de Quillota”, a don Rodrigo de Araya, compañero de Valdivia, “en el año del Señor” de 1547. Sin embargo, como producto de investigaciones serias efectuadas en viejos documentos manuscritos procedentes de la Colonia que se encuentran en el Archivo Nacional, debe objetarse la presencia de don Rodrigo de Araya y su posesión del valle, incluso de las pocas y exiguas tierras que parece concederle el Cabildo, de acuerdo a lo antes citado, a lo menos hasta comienzos del siglo XVII. Incluso más, debería asumirse que nunca asumió la propiedad que le acordara el Cabildo si se toma en cuenta los siguientes hechos:

Auto Adjudicación de la Estancia de Quillota por parte de don Pedro de Valdivia (10 de febrero de 1546)
Traspaso de la Estancia de Quillota por parte de don Pedro de Valdivia al obispo de Santiago don Rodrigo González de Marmolejo (1553)
Testamento de don Rodrigo de Araya (1561)
Venta de Tierras en Quilpué por el cacique quillotano Joan Cadquitipay al presbítero don Julián de Landa (1587)
Merced de Tierras en Marga-Marga y Quilpué por parte del gobernador don Martín García Oñez de Loyola al capitán don Juan de Mendoza (1598)
Testamento de don Rodrigo de Araya (1604)
Mensura de las tierras del presbítero don Julián de Landa en Quilpué por el capitán Ginés de Lillo (1604)
Interrogatorio a caciques e indios de la Encomienda de don Diego González en Quilpué.
Juicio entre el presbítero don Julián de Landa y don Diego Godoy, sobre mejor derecho a tierras de Queupué, situadas en la jurisdicción de Quillota.

La transcripción de los documentos antes señalados deja en claro que en 1546 don Pedro de Valdivia tomó posesión de la Estancia de Quillota, que abarcaba los valles de Limache, Quilpué, Viña del Mar y Concón hasta la ribera del estero Marga-Marga, señalando que esa extensión había pertenecido “a los Incas pasados y estaba despoblada”. Con esta adjudicación de tierras en su propio beneficio, Valdivia se aseguraba el control y la pertenencia de las ricas minas de Marga-Marga.

Al año siguiente, don Rodrigo de Araya, mayordomo de Valdivia, pide y obtiene del Cabildo santiaguino tierras para estancias en el “Río de las Minas”. Sin embargo, las tierras solicitadas quedaban dentro de los límites de la estancia de Quillota, propiedad del gobernador don Pedro de Valdivia, por lo cual la posesión efectiva de sus tierras nunca las pudo haber realizado don Rodrigo de Araya, al menos mientras Valdivia estuvo en Santiago y a menos que Valdivia se lo hubiera permitido.

La propiedad sobre Quilpué la mantuvo Valdivia hasta 1553. existe constancia en cuanto a que en dichas tierras puso una manada de más de cinco mil cerdos, cuidada por indios, los que, de acuerdo a las fuentes, vivían y sembraban en un manantial o aguada que originaba un arroyo en medio del valle. Todas las demás tierras de Quilpué eran muy secas y estériles para ser cultivadas, al menos al decir de sus habitantes originarios.

Más tarde, en julio de 1553, Valdivia, antes de ir al sur, cedió legalmente las tierras de Quilpué, incluidas en la estancia de Quillota, al obispo don Rodrigo González Marmolejo, quien mantuvo la manada de cerdos, las faenas del lavado de oro y trajo indios desde Melipilla para dedicarlos al pastoreo.

En todo este tiempo, los documentos no mencionan actuación alguna en Quilpué de don Rodrigo de Araya o de sus representantes. Es más, en 1561, cuando don Rodrigo de Araya redacta su testamento, en ninguna parte menciona alguna propiedad suya en Quilpué. Este solo hecho debería ser suficiente prueba para entender que don Rodrigo de Araya en la práctica nunca ejerció derechos de propiedad sobre las tierras de Quilpué, ni nunca aparece vendiendo, cediendo o testando tierras algunas en este valle, lo que, obviamente, sería inimaginable si de verdad tuvo en sus manos estas tierras o parte de ellas. Por lo tanto, debe considerarse como parte de la leyenda popular, del mito, del folclor incluso, la sola idea de que alguna vez, de la mano de la primavera, hubiera don Rodrigo de Araya agasajado siquiera a alguien con un sarao en tierras de su propiedad por estas latitudes. Menos pudo haber construido alguna casa o rancho siquiera. Por lo demás, era bastante peligroso habitar por estos lados hasta bien tarde en los inicios de la Colonia. Si hasta los mineros que laboran las minas de Marga-Marga, y son muchos, piden al Cabildo de Santiago protección contra los indios, obviamente en su mayoría indios que incursionaban desde otros lugares aprovechando la fragosidad de las quebradas, cerros y colinas que dominan el paisaje quilpueíno.

En 1587, don Joan Cadquitipay, a quien se atribuye la calidad de un cacique principal de Quillota, vendió cuatro cuadras de tierra en Queipuoa o Queupoué (lugar conocido también como Pauco, Quepubue, Queupo, y Queipoa en los textos) a don Julián de Landa, presbítero de Quillota, a cambio de cuatro varas de paño de color azul para hacerse vestimentas, ante el asombro de muchos, quienes decían que las tierras “no valían tanto paño”. El cacique Cadquitipay manifiesta, en los documentos, haber heredado las tierras de su padre, cacique principal de Quillota fallecido en ese tiempo, don Pedro Lebiaronco, que antes de la Conquista poseía todos los valles hasta Valparaíso. Queda claro, además, de los documentos pertinentes, que los pikunches quillotanos no ocupaban estas tierras para la agricultura debido a que eran pocas “yermas y de mucha maleza de carrizales.” Queupué era, pues, tierra estéril, seca, no apta para sementeras, y nunca se las había querido cultivar en tiempos prehispanos, “cuando había mucha gente en este Reyno” (en palabras de don Diego Pinpo, un pikunche quillotano de más de ochenta años de edad, citado en los documentos como testigo ocular). En las tierras de Quilpué los pikunches vivían, salvo algunas escasas excepciones, solo en forma estacional, cuando había pastos verdes y llegaban guanacos, porque era el único provecho que se le podía sacar. No obstante, desde al menos los tiempos de la dominación incásica, el estero Marga-Marga, en el extremo meridional del valle, era un rico centro de extracción de oro, metal que era enviado a la capital del Tawantinsuyu, Qosqo, esto es, El Cuzco.

Pero en este sector aparentemente no había grandes siembras y bien parece que el hecho de que se trajeran brazos desde fuera sea testimonio real y efectivo de la carencia de una cantidad más o menos importante de pikunches en esta área. Aparentemente no solamente se traía trabajadores a los lavaderos desde fuera, sino que también todo lo necesario para alimentar a los extractores de oro venía desde fuera, especialmente del valle de Limache y del de Aconcagua.

Michimalonko mismo dice, al ser derrotado, y cuando regala los lavaderos a Pedro de Valdivia, que le hará llegar también los brazos necesarios en la forma de hombres y mujeres jóvenes.

Más tarde, cuando se establecen las obras de lavado de oro en el sector por parte de los españoles, de nuevo es necesario traer indios de fuera del valle para encarar los trabajos, y los españoles que guardan la extracción del oro desde las arenas del estero entienden que es desde fuera de este sector que vienen los indios que les atacan y matan casi a todos los españoles, negros y yanakonas, en vísperas del ataque y destrucción de Santiago de la Nueva Extremadura.

Posteriormente, cuando se construyen edificaciones apropiadas para la estadía y defensa de los trabajadores inmediatamente junto a los lavaderos, los españoles saben que tienen que vigilar los caminos de acceso al sector para evitar ser atacados con éxito por los aborígenes.

Aparentemente, pues, los únicos sectores capaces de sustentar población estable se encontraban a orillas del estero de Quilpué y sus afluentes, especialmente donde las quebradas que recibe por el norte han formado terrenos aptos, como en El Retiro, el Belloto o en Paso Hondo. Y aún así la población debió ser absolutamente escasa. Y probablemente escaseó mucho más a raíz de la conquista española, la que produjo una incalculable cantidad de muertos entre la población autóctona, ya fuera por las acciones defensivas o por las ofensivas que llevaban a cabo las fuerzas españolas, o bien por las acciones de batalla en que participaron.

Es obvio que también produjo una gran merma en la población pikunche la sublevación final protagonizada en contra de la administración inkaica, luego del repliegue de los ejércitos inkaicos a consecuencias de la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa, y luego tras la captura y ejecución de este último y la disolución definitiva del Tawantinsuyu. Tras el repliegue de almagro y sus fuerzas al Cuzco, es evidente que se produjo la acción bélica final entre los restos de la guarnición inkásica que permanecía en el país y las fuerzas combinadas de los lonkos rebeldes, acción que terminó con la destrucción del pukará y del poblado principal del valle de Aconcagua (Quillota), y el traslado de los restos del ejército quechua y del gobernador Kilikanta a Colina, en el valle del Mapocho, donde debió replegarse para continuar la lucha contra los rebeldes.

En cuanto al valle del Marga-Marga, los únicos establecimientos sedentarios más o menos estables debieron estar en el sector de Los Perales, Los Quillayes y La Retuca y en Las Palmas, donde podía practicarse algún regadío estacional, y donde después, con la dominación inkaica, la existencia de explotaciones auríferas en el estero y en las quebradas aledañas obligó a la existencia de alguna población con fines de abastecimiento para los trabajadores de los lavaderos y los requerimientos administrativos y de protección de dichas labores. En esta misma área surgió después, evidentemente sobre las ruinas de las viejas construcciones pikunches e inkaicas la población de San José de Marga-Marga, en el principal asiento del valle y con el rango de capital administrativa, donde debió residir una Doctrina, esto es, Parroquia de Indios, desde temprano, y obviamente sujeta a la de Quillota, cuando ésta surgió, pero al principio dependiente directamente de la Parroquia del Sagrario, en Santiago.

La misma realidad obligó a los españoles a establecer una guarnición en la llamada Casa Fuerte de Chile (es decir, de Quillota), que parece no haber estado en el sitio de la actual Quillota sino en el valle de Limache. Pero también hubo establecimientos relacionados con la explotación aurífera de Marga-Marga, los cuales fueron establecidos originalmente donde antaño los conquistadores inkásicos los habían tenido: los llamados tambillos. Dichas también preexistentes edificaciones fueron establecidas durante el período de la dominación inkaica como una forma de apoyar la administración de los dilatados territorios que formaban parte del Tawantinsuyu, el Imperio inka. Los tambillos existentes en el valle de Marga-Marga debieron ser edificaciones de dos clases y naturalezas diferentes. Unos eran los paraderos o posadas que existían a lo largo del camino para refugio de los chaskis o correos y también lugares donde los viajeros podían pernoctar, y que estaban equipados con provisiones y elementos básicos para la estadía; los otros eran instalaciones especialmente diseñadas y equipadas para servir como centros administrativos de las labores de extracción del oro en el estero Marga-Marga y sus afluentes. Los tambillos, tombillos o tambos a que se refieren los documentos coloniales corresponden mayormente a las instalaciones de un centro administrativo inkaico, que fue usado posteriormente por los españoles por cama, es decir, como lugar de descanso, junto a los lugares de las faenas.

En cuanto a la venta efectuada por don Joan Cadquitipay al presbítero don Julián de Landa, ésta se formalizó ante el corregidor de Quillota, quien solamente autorizó la transacción luego de reunir información de testigos sobre la efectiva propiedad y valor de las tierras, a objeto de evitar algún posible fraude. Buscó la confirmación testimonial de dos indios viejos y conocedores de la comarca, don Rodrigo, un cacique principal de Quillota que tenía ya sesenta años de edad y el ya nombrado don Diego Pinpo, de más de ochenta años de edad.

En las tierras que adquirió, don Julián de Landa plantó viñedos y colocó ganado. Su hermano, el capitán don Juan de Mendoza, vecino de La Serena, estando en La Imperial, pidió al gobernador Oñez de Loyola, el 11 de diciembre de 1598, la merced de “unas tierras baldías, lomas rasas y quebradas que están en el valle de Quepoa y en contorno de las minas de Quillota [...] hasta las tierras de la viña del capitán Alonso de Riberos que tiene en el mar.” El gobernador accedió y le otorgó la merced solicitada.

Esta merced incluía las mismas tierras compradas anteriormente por don Julián de Landa, y confirmaron su propiedad, después que su hermano Juan de Mendoza renunció a ellas y le traspasó, mediante donación, los derechos de la merced que otorgara a su hermano el gobernador Oñez de Loyola.

La posesión fue confirmada luego de la visita y mesura practicadas por el Juez de Tierras, capitán don Ginés de Lillo, en el año 1604. en dicha mensura y recorrido de los límites, quedó demarcado el territorio situado entre los esteros de Quilpué y Marga-Marga, desde lo que ahora es Paso Hondo hasta Villa Alemana, “excepto 100 cuadras (en Malga Malga) [...] medidas amojonadas a los herederos de Antonio Núñez, difunto [...]”

Luego de eso, entre 1613 y 1619 se tuvo que dirimir un juicio entre el presbítero don Julián de Landa y don Diego Godoy. Éste último era heredero del obispo Rodrigo González en la posesión de la Estancia de Limache. Godoy reclamaba la propiedad sobre las tierras de Quilpué en atención a que anteriormente había sido propiedad del difunto obispo, que había recibido esas tierras como parte de la Estancia de Quillota, que Valdivia le cediera. Aparentemente, Godoy ganó ese juicio ante el Tribunal de la Real Audiencia de Santiago, ya que en su testamento, escrito en 1623, el presbítero Julián de Landa no menciona de manera alguna entre sus otras tierras las que había adquirido previamente en Quilpué.

De este hecho se puede colegir que hasta ese momento al menos las tierras de Quilpué se consideraban parte integrante de la vasta Estancia de Limache.

Es muy probable que en algún momento se haya separado de las tierras de la Estancia de Limache los terrenos que quedaban más o menos inmediatos al estero Marga-Marga, o que los beneficiarios de los lavaderos de oro del estero pagaran a la Estancia de Limache las servidumbres y derechos correspondientes por el hecho de usufructuar de esos terrenos y por los talajes y la leña y el carbón que se procuraban de los montes inmediatos, como ocurrió en el vecino valle de Colliguay.

De todas maneras, la costumbre española de dividir los territorios y las propiedades por medio de cursos de agua, puede apoyar la conclusión de que la Estancia de Limache poseía los terrenos del valle de Quilpué hasta el estero Marga-Marga, y que este estero formaba la división real y efectiva con la también extensa Estancia de Acuyo o de Casablanca.

Esta división es histórica, y se mantendrá hasta la consolidación de la Comuna de Quilpué, cuando los territorios pertenecientes al municipio de Marga-Marga, y que constituían los antiguos territorios casablanquinos que formaban la parte meridional del valle, con San José de Marga-Marga como capital y centro administrativo, fueron segregados del Departamento de Casablanca y sumados al territorio de aquélla Comuna, lo mismo que los territorios del distrito de Colliguay un poco después.

Durante los siglos XVII y XVIII, las tierras de Quilpué, despobladas y convertidas en estancia ganadera, pasaron a manos de una familia de acaudalados comerciantes santiaguinos, los Toro Mazote, como se ve de un juicio de Andrés de Toro Mazote contra José Díaz Meneses, para que le restituya la estancia, en 1695.

Más tarde, las tierras de Quilpué pasan a manos del Convento de la Merced, de Santiago, como lo prueba el juicio que se llevó a cabo en contra de don Pedro Arias por cobro de arrendamiento, en 1792.

En el siglo XIX, las tierras de Quilpué pasan a manos de las familias quillotanas de los Valencia y de los Araya. Entre 1810 y 1820 se ventila el famoso juicio de don Gregorio de la Cerda en contra de don José Araya, albaceas de doña María Valencia, sobre nulidad de venta de la estancia.

De ahí en adelante se irá produciendo una seguidilla de alteraciones derivadas de la aparición de nuevos propietarios y de la subdivisión de la propiedad por sucesión testamentaria y ventas a particulares.

Ha de entenderse que estas notas no son definitivas, sino que obedecen al objetivo de incentivar una profunda y exhaustiva, a la vez que desapasionada, investigación que pueda arrojar mayor luz sobre este y otros aspectos de la historia local.
Véase, también, Los Verdaderos Orígenes de Quilpué, de la Leyenda a la Realidad, Revista Encuentro 94, Quilpué, 1994.