07 enero 2007

LOS TIEMPOS PREHISTÓRICOS



En términos generales, Prehistoria es un término que se refiere o alude a los tiempos en que no se cuenta con documentos de carácter histórico para reconstruir los hechos del pasado. En las Américas, en general, y en estas tierras, en particu1ar, el nivel cultural de las poblaciones humanas se encontraba, al momento de llegar los españoles en los estadios prehistórico y protohistórico. Esto visto desde el punto de vista más objetivo. Los aztecas, los mayas, los chibchas o muiscas y los quechuas son los principales exponentes de las altas culturas desarrolladas en las Américas al tiempo del Descubrimiento. Puede decirse que tenían rudimentos de escritura, pero, lamentablemente, ello no ha ayudado mucho para el conocimiento de su historia debido a que los sacerdotes católicos se esforzaron por destruir todo vestigio cultural autóctono en el convencimiento de que se trataba solamente de hechicería, demonolatría y cosas por el estilo. Apenas unos cuantos escritos de carácter general lograron ser salvados del patrimonio cultural de Indoamérica prehispana. En cuanto a los quechuas, quienes más nos interesan por su influencia, aunque breve en cuanto a tiempo, en la formación cultural de los aborígenes de Chile al norte del río Maule, usaban ciertas anudaciones sobre cuerdas para transmitir mensajes, pero tales quipos, como se les llama, no tuvieron una gran influencia sobre la conservación de testimonios históricos. Si bien para la reconstrucción, parcial y hasta cierto punto idealizada, del pasado, ya que es altamente improbable el lograr reconstruir fielmente la historia a partir de solamente los pocos vestigios arqueológicos subsistentes a la fecha, es indudable que la información arqueológica revela muchos detalles que pudieran pasar inadvertidos para el cronista o para la tradición oral que ha conservado, ello no basta para el trabajo que debe emprender quien intente reconstruir la historia.

Uno de los ejemplares de Piedras de Tacitas actualmente como lucidos como meros adornos en la Plaza Municipal de Quilpué.

Sin intentar envolverse en la vieja controversia sobre el evolucionismo cultural, religioso, racial e histórico en general, creo que lo que verdaderamente puede hacerse, más que seguir con la antigua forma de Intentar un relato idealizado sobre los tiempos previos a la llegada del Conquistador al continente, es profundizar los estudios sobre la arqueología y en base a ella intentar dar una explicación lógica al fenómeno histórico apreciable bajo una luz más objetiva y libre de prejuicios y tradiciones que en nada sirven para un conocimiento serio y responsable de los sucesos acaecidos en las épocas pretéritas. Claro que el ya intentarlo es difícil empresa cuando no se cuenta con los medios suficientes para efectuarlo. El no intentarlo es enclaustrarse en los viejos moldes y cánones del simple relato monótono e idealizado, plagado de mitos nacionalistas que ya ha sido superado en la historia nacional por eximios autores.

La prehistoria de Quilpué y las tierras altas vecinas, entendida la prehistoria como el período de tiempo anterior a la conquista quechua, es decir, antes del año 1485, la fecha generalmente aceptada para la invasión quechua de las tierras al sur de Coquimbo, es un período naturalmente de suma oscuridad en que solamente, a ciencia cierta, puede hablarse de los vestigios arqueológicos más que de otra cosa. Incluso los rudimentos de conocimiento que se poseen sobre religión y vida cultural dependen de la interpretación que se pueda dar a los restos arqueológicos, generalmente de cementerios que se ha podido ubicar y excavar en distintos puntos. De ahí que el conocimiento actual sea fragmentario e impreciso, y depende mucho de la fe del investigador y del historiador en los cánones que se han establecido para la interpretación de los restos que se han podido encontrar.

De un modo general, puede decirse con certeza que el valle en que actualmente se asientan las ciudades de Quilpué y Villa Alemana, por sus suaves lomajes, sus bosques plenos de vida animal, su excelente clima y sus recursos hídricos, fue habitado desde muy antiguo por el hombre paleoamericano.

Este “Lugar [Paraje] de Tórtolas”, como lo habrían llamado los aborígenes, al menos en parte, según parece, conservaba hasta fines del siglo pasado algunos imponentes vestigios dejados por sus antiguos habitantes, consistentes en verdaderos monumentos megalíticos, formados por grupos de enormes rocas que se ha supuesto hayan servido como lugares de culto. Lamentablemente para el patrimonio arqueológico de la zona y del país, fueron criminalmente destruidos, pese a las advertencias que hiciera el afamado doctor Francisco Fonck, gran estudioso del pasado de Quilpué, persona a la que se deben numerosos trabajos en toda la zona relacionados con la arqueología local. Debido a esa destrucción, actualmente la ciudad carece de mayores testimonios del pasado.

A fines del siglo XIX, el Dr. Fonck comenzó a estudiar los monumentos paleolíticos de Quilpué y sus alrededores. Para facilitar su ubicación y estudio los fue denominando como Grupo I, Grupo II, Grupo III, y así llegó a individualizar hasta siete de estos monumentos pétreos en las vecindades de la ciudad de Quilpué. Los más importantes de estos monumentos se encontraron cerca de las riberas del estero de Quilpué y otros un tanto internados hacia el entonces fundo El Retiro. El Dr. Fonck reconoció y estudió en 1891, en un punto vecino al tendido ferroviario, el primero de estos grupos de monumentos. En el sitio que él reconoció, al pié de dos inmensos bloques de piedra en que se habían labrado cuatro "tacitas" en forma de mortero, encontró una enorme cantidad de piedras que él reconoció como felsita granítica y que mostraban claramente haber sido trabajadas por el hombre para confeccionar armas y herramientas. Junto a estas piedras, que él calculó en más de 10.000, encontró también gran cantidad de ejemplares de manos de mortero, piedras horadadas, y otros útiles del mismo material, llegando a concluir que estaba ante un grupo arqueológico de primera importancia que incluía un monumento talvez de carácter religioso junto al cual debió haber existido un gran taller paleolítico destinado a la ejecución de útiles de piedra tallada.

Aquí conviene hacer mención especial de una característica sumamente enraizada con el patrimonio cultural aborigen local. Se trata de las llamadas piedras de tacitas y las piedras horadadas que se encuentran en gran abundancia en toda la zona, como en todo Chile Central. Algunos autores han intentado, desde hace muchísimo tiempo, explicar el origen, significado y propósito de tales piedras emparentándolas con diversas manifestaciones culturales que se pueden observar a través de la investigación arqueológica y de la tradición local. Antes de poder decir nada al respecto, sin embargo, es necesario tener en cuenta que tales piedras han sido reutilizadas después por otros grupos humanos que han habitado en estas tierras, ya sea para moler, para hacer girar las puertas de los corrales y de los campos sembrados, incluso como palmatorias para las velas o para la molienda de granos o de minerales. Autores diversos han llegado a la conclusión de que tales manifestaciones líticas corresponden a una cultura que existió en el Chile Central en los tiempos prehistóricos más antiguos, en el paleolítico (es decir, preagroalfarero) americano, y que se evidencia especialmente en la localidad de Montenegro, en la provincia de Chacabuco, Región Metropolitana de Santiago, la que a su vez habría sido influenciada por cierta cultura lítica sumamente parecida a otra de California (Norteamérica), que se ha evidenciado en la localidad de Huentelauquén en la provincia de Choapa, Región de Coquimbo. A su vez, la cultura de los talleres líticos de Montenegro habría influido poderosamente en ciertas capas de los conchales de toda la Zona Central.

En todo caso, parece más probable atribuir esta cultura lítica a un pueblo nómada, recolector y cazador con ciertos rudimentos de agricultura y de alfarería que se estableció, en último término, cuando ya la costa estaba poblada por gentes dedicadas a las faenas marítimas. Estas gentes solamente habrían pasado por Norteamérica y solamente en reducido número habrían ido quedando a lo largo de la ruta en su penetración al interior del continente, hacia las tierras más hospitalarias del Sur; finalmente habría llegado a Chile a través de la costa, superponiéndose en algunos casos a los antiguos habitantes en varios lugares. Testimonios de su paso, a veces veloz -por así decirlo- y otras lento, serían los hallazgos de piedras horadadas y piedras de tacitas escasísimas en Norteamérica, Centroamérica y en Colombia y Ecuador, pero un tanto abundantes en Perú y de nuevo escasos en el Norte de Chile. Es en la Zona Central de Chile donde estas piedras características son especialmente abundantes y en diversos tamaños.

Otro ejemplar de Piedra de Tacitas que se encuentra semi oculto en medio de los jardines de la Plaza Municipal de Quilpué, como si el pasado aborigen ofendiera a los más egregios espíritus progresistas de la administración local actual.

Por toda la zona habitada al tiempo del Descubrimiento de Chile por poblaciones de habla chilidugu (pikunches, mapuches, huilliches) pueden hallarse ejemplares de piedras horadadas de toda forma y tamaño, para las cuales todavía no ha podido darse una explicación lógica y convincente que pueda ser aplicada a todas ellas. Las piedras horadadas se fabricaron de los más diversos materiales líticos, como granito, basalto, pórfido y escoria volcánica, por ejemplo. Su tamaño también es variable. Las hay tan pequeñas como de menos de 5 cmts. de ancho y muchas superan los 50 cmts. Su forma varía también y se las puede hallar circulares, ovaladas, cónicas o bien irregulares, sin forma determinada alguna. La perforación que lucen y les ha dado nombre esta generalmente situada en su centro y puede ser bicónica, o sea angosta en el centro y ancha hacia los extremos exteriores, como dos embudos unidos por la parte angosta, o bien puede ser cilíndrica y derecha, manteniendo el mismo tamaño de su anchura a través de toda la perforación que se ha practicado. Algunas de éstas últimas perforaciones son extremadamente angostas a través de toda su extensión.

Al carecerse de las herramientas adecuadas para este tipo de manufacturación, el trabajo debió ser sumamente largo y agotador, ya que solamente se podía contar con otras piedras para efectuar la horadación de los ejemplares elegidos. Un tipo especialmente interesante es el de las piedras horadadas con decoración, la que consiste en dibujos incisos o pintados a color en forma de círculos o líneas rectas. Las piedras horadadas generalmente se han desenterrado de los campos de cultivo actualmente utilizados mediante el arado mismo, en forma totalmente fortuita y accidental. Algunas se han hallado en los cementerios y otras han estado muy en uso por décadas como elementos para hacer girar las puertas de los corrales y de los potreros o bien, en casos, como palmatorias para las velas de uso común en el alumbrado de las casas de los campesinos.

Se ha llegado a proponer que tales piedras horadadas hayan servido como armas, es decir, como cabezas de macana, por medio de insertar en su perforación un mango de madera. Otros han propuesto que sirvieran como pesos para las redes de pesca, o bien como pesos para los palos aguzados con que se efectuaba la labranza de los campos de cultivo También se las ha explicado como torteras para los husos de hilar o como percutores o martillos, ya sea mediante un mango o simplemente introduciendo los dedos a través del orificio central que poseen. Indudablemente que algunas, de acuerdo a su tamaño y forma, hayan tenido tales usos, pero aparte del material de que están todas ellas fabricadas, el único factor común que poseen es la perforación que se ha practicado en su centro y todavía permanece inexplicable el objetivo de las mayores de estas piedras horadadas y quizás el mismo carácter que se haya atribuido a ellas sea errado si es que se logra probar que hayan tenido, por ejemplo, un carácter mágico-religioso solamente y ningún uso práctico en los rubros que se les atribuyen, sin descontar con que después los mapuches y picunches de tiempos recientes los hayan usado solamente con los fines que se les suele atribuir.

En cuanto a las piedras de tacitas, de las que hay dos hermosos ejemplares expuestos en la Plaza Manuel Irarrázabal de Quilpué anteriormente muy bien exhibidos hacia el ángulo noroccidental, que da hacia la Estación de Ferrocarriles, pero hoy puestos en el lugar menos dañoso para los jardines que adornan el frontis del edificio en que funciona la Municipalidad de Quilpué -talvez porque el pasado aborigen sea un execrable resabio que se desea evitar- y que proceden de un grupo arqueológico descubierto en un rincón de El Retiro por el doctor Luis Santelices Lantaño, el eminente continuador de la obra del Dr. Francisco Fonck. Las piedras de tacitas se encuentran en gran abundancia a través de las Regiones de Valparaíso, Metropolitana de Santiago, y del Libertador General Bernardo O'Higgins y del Maule, si bien se las puede hallar hasta en la zona de los diaguitas y hasta tan al sur como en las Regiones de La Araucanía y Los Lagos. Las "tacitas", como se acostumbra llamarlas, son perforaciones superficiales que suelen ser aplicadas en grandes piedras sueltas y también en la roca viva, donde ésta aflora a la superficie. La dispersión areal de este tipo de piedras labradas presenta caracteres muy similares a la de las piedras horadadas, lo que hace suponer que pertenecen al mismo pueblo o cultura, revelándose, por su número, que en el Chile Central estuvo el hábitat del pueblo que las produjo, ya que hacia el norte y hacia el sur su número escasea y se hacen raras hacia los extremos.

Como en el caso de las piedras horadadas, no existe uniformidad de pareceres para explicar la finalidad que tenían las piedras de tacitas, dándose sobre este respecto muchas diversas opiniones, estimando algunos autores que han servido para efectuar ceremonias religiosas en que no faltaron los sacrificios humanos, o bien para efectuar comidas sagradas o ceremoniales. Se les ha supuesto un carácter distinto a veces, como, por ejemplo, para juegos de diversión, piedras de moler granos o minerales. Otros simplemente han supuesto un fin puramente práctico: utensilios en los cuales comían los miembros de una familia aborigen. Con ciertas reservas, en cuanto a que las explicaciones propuestas no satisfacen plenamente la existencia de tales piedras de tacitas en todos los lugares en que se han encontrado y a su diversidad en cuanto a número, tamaño y forma de las "tacitas", podría decirse que quizás las más pequeñas hayan servido para la molienda de granos y otras para la molienda de minerales. Las de gran tamaño pudieran estar relacionadas con algún culto agrario o solar, en las cuales pudo verterse las ofrendas que se presentaban a las divinidades o manifestaciones sobrenaturales localmente adoradas. No carece del todo de propósito el advertir que, domo en el caso de las piedras horadadas (así como parece también ser el caso en cuanto a los llamados litos de Huentelauquén, en la desembocadura del río Choapa, ya aludidos anteriormente) las gentes que vivieron en estas tierras al tiempo de la llegada de los hispanos han reutilizado estas piedras. Tal es el caso de los campesinos de tiempos recientes que las han utilizado casi invariablemente como morteros para la molienda de sus granos. En otros casos, anteriormente, ciertas comunidades picunches las utilizaron en ciertas danzas ceremoniales que delatan a las claras su tinte quechuásico; no por ello debe perderse de vista que ciertas manifestaciones religiosas de los naturales de estas tierras fueron reencaminadas por los quechuas que conquistaron estas tierras hacia los rituales incaicos, hacia la adoración solar en especial. Sea como fuere, la incógnita sobre el real y verdadero alcance de la utilización original permanece en oscuro.

Más tarde, el Dr. Fonck y otros investigadores reconocieron un gran conjunto, impresionante, que fue designado como el Grupo II, y que estaba formado por varios enormes bloques de granito colocados verticalmente, en la misma forma de los menhires bretones, frente a los cuales descansaban en el suelo cinco rocas relativamente planas con una veintena de tacitas horadadas en cada una de ellas, dando la impresión de ser aquello un conjunto religioso de gran importancia, junto al cual se encontró gran cantidad de instrumentos de piedra y todas las señas de haber existido también un taller lítico allí. Tal era la importancia de este hallazgo que, en su libro "El Culto de la Piedra en Chile", Cañas Pinochet lo califica como el Olimpo de Chile concediéndole un extraordinario valor para la arqueología chilena. Y, en verdad, tal descubrimiento fue sumamente importante para una mejor comprensión del fenómeno histórico y arqueológico local.

En 1893, Fonck y Kunz publicaron un libro sobre los monumentos megalíticos de Chile en el cual hicieron un extensísimo estudio sobre otro grupo arqueológico descubierto en Quilpué, al que se conoce como el Grupo III, que contenía una enorme piedra de granito en la cual se habían practicado veintinueve perforaciones en forma de las ya conocidas tacitas a modo de mortero y otra que fue calificada, dudando, como Piedra del Sacrificio y que el mismo Dr. Fonck, posteriormente, dice que fue destruida en 1895, tal como ocurrió con la piedra de tacitas adjunta.

Los yacimientos arqueológicos de Las Cenizas, en la parte meridional de este valle, y los de El Retiro, en la parte septentrional, han sido asignados al Segundo Período Preagroalfarero, que corresponde al Mesolítico del Viejo Mundo. En el fundo Las Cenizas se ha descubierto un cementerio con numerosos esqueletos, enterrados en posición flectada. Corno ajuar se les puso piedras horadadas, puntas de flechas pedunculadas, grandes hojas foliáceas deliberadamente salpicadas o cubiertas con pigmento de color rojo. En la superficie se encontraron piedras de tacitas, manos para moler y restos de una burda alfarería. Según la Sociedad Arqueológica Dr. Francisco Fonck, de Viña del Mar, se trataría de un pueblo neolítico precerámico al que se ha dado en llamar pueblo de las tacitas. Los esqueletos y las piedras de tacitas pertenecerían al mismo pueblo; pero la cerámica allí encontrada sería perteneciente a otra cultura, lo cual ha sido rebatido por otros autores en diversas oportunidades, señalándose que a la gente que elaboró el material lítico aquí encontrado resultaría más propio llamarla pueblo de las piedras horadadas, por ser éstas mas características y abundantes que las tacitas en la región. Se ha dicho que el tal pueblo conoció la alfarería y que no hay razones para desconocer que la alfarería hallada en la superficie no les pertenezca; además que el estadio cultural de estos labradores de la piedra era neolítico y no precerámico o paleolítico, corno se ha establecido en otros estudios; por lo demás, la posición genuflexa de los esqueletos correspondería a un pueblo conocedor del arte de la cerámica, ya que culturas como la de los conchales enterraban a sus muertos en posición tendida. Por lo demás, lo real es que en conexión con las piedras de tacitas y piedras horadadas se ha encontrado también cerámica. Y es de estas gentes de las piedras de tacitas y de las piedras horadadas que provendrían los picunches que se conocen de la época protohistórica y de los tiempos de la conquista.

Después del Dr. Fonck, continuador de su obra fue el Dr. Luis Santelices Lantaño, quien pudo ubicar un grupo arqueológico y salvar de la destrucción dos interesantes bloques de piedra con tacitas que donó a la Ilustre Municipalidad de Quilpué y que actualmente se encuentran adornando la plaza José Manuel Irarrázabal corno mudos exponentes del pasado y como recuerdo y homenaje póstumo de la ciudad al sabio pionero de los estudios arqueológicos en Quilpué, el Dr. Francisco Fonck.

Esta breve descripción a grandes rasgos nos puede dar una idea del grado de importancia que alcanzó en Cullpo-hué la cultura precolombina autóctona, y de la base sobre la cual continuó después el desarrollo cultural de las gentes que aquí habitaron. Probablemente, en el futuro cercano, se pueda estudiar a mayor grado de profundidad la prehistoria quilpueína cuando se cuenten con medios suficientes para el esfuerzo que exige tal empresa. Hasta entonces, es necesario no cejar en el afán de adelantar lo máximo posible en el estudio y valoración de lo que representan los vestigios arqueológicos encontrados hasta la fecha y tratar de elaborar una descripción coherente y bien desarrollada tanto en lo local como en lo regional y nacional de lo que ha sido el desarrollo humano a través de siglos de oscuridad inescrutable a simple vista, para formar un panorama ágil y al día de cómo los antiguos pobladores de estas tierras vivieron y se condujeron, ya sea en el arte, la religión, la familia, el comercio, la política, etc.

3 comentarios:

Lircay dijo...

Felicitaciones por el artículo

Lo hemos linqueado a nuestro BLOG http://tacitas.blogspot.com

Anónimo dijo...

puede insertarse en un espacio público donde aglomera o recurren diversos grupos etarios-edades-petroglifos,tacitas,cuando estan en riesgo en su espacio de origen-previa autorización del Consejo Monumentos Nacionales de Santiago.
Pero el lugar donde se instala debe ser visible,con dignidad en el entorno que ocupe , privilegiar su historia, o mejor dicho su prehistoria,etc, sin esconder o tener verguenza de nuestros origenes indios y ser partes de una sociedad mestiza.

Pedro del Real dijo...

Hola Brus, muy interesante el artículo, yo también estoy interesado en el tema, en especial por el conflicto surgido en la actualidad sobre el Fundo El Carmen y el proyecto de parque intercomunal, me gustaría compartir información contigo, yo publico un blog que se llama Espacios Públicos El Retiro, si me das tus datos podemos cruzar información, mi correo es pedrodelrealreyes@yahoo.es

saludos