07 enero 2007



La Propiedad de la Tierra en la Cuenca del Marga-Marga

En estas notas, se entenderá por “cuenca del Marga-Marga” al entero valle que se extiende entre la llamada Cordillera de la Costa, por el este; el cordón de Los Lunes, por el poniente; el cordón de Las Palmas, por el sur, y los cerros y colinas que forman el cordón de Torquemada, amplia cuenca hidrográfica actualmente dividida entre las comunas de Quilpué y Villa Alemana.

La Corona española reglamentaba muy detalladamente las condiciones y requerimientos de un lugar antes de autorizar la fundación de una ciudad o población, buscando una cierta armonía entre las localidades existentes y asegurar un mínimo de bienestar para los vecinos de la nueva población.

Apenas llegado a Chile (nombre que originalmente sólo aplicaba al valle del Aconcagua, pero aparentemente restringido en particular al área donde en la actualidad se levanta la ciudad de Quillota y sus alrededores, esta designación que se fue haciendo extensiva a medida que se iba extendiendo el reconocimiento del país y adelantando tanto el descubrimiento como la conquista), don Pedro de Valdivia comenzó a reconocer el territorio en busca del lugar más adecuado para fundar la primera población.


El mapa señala el área aproximada de cultivos del valle de Chile, y los terrenos ocupados por los mitikona (mitimaes) en el sector, el que se extendía aproximadamente desde el centro de Quillota actual hasta La Cruz, junto a la Calle Larga. En el punto donde después se alzó Quillota, convergían el Camino del Inka que venía desde el Norte a través de la serranía desde Chilicauquén y el que iba de la costa al interior a través del valle. La residencia del gobernador inkaico, así como el Templo del Sol, debieron haberse emplazado en algún lugar de la Calle Larga de Quillota, aunque se desconoce el lugar real y efectivo, así como también el emplazamiento de la pukará del sector que contenía la guarnición militar quechua.


Reconocido primeramente el valle de Quillota, esto es, el valle de Chile, en 1540, que en ese entonces exhibía una alta concentración humana, se dirigió al valle del Mapocho, donde, finalmente, tanto maravillado por la extensión del valle ante su vista como por los recursos que podía obtener para la población que proyectaba, fundó la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, el 12 de febrero de 1541.

Apenas fundada la ciudad (que en realidad resultó apenas una pobrísima concentración de rancheríos muy parecidos a los de los pikunches comarcanos, aunque el germen de una metrópoli destinada a detentar la capitalidad de los dominios españoles en esta parte del mundo) y asentada la hueste que le acompañaba, don Pedro de Valdivia procedió a repartir las tierras en nombre del Rey de España. Grandes extensiones de tierras fueron adjudicadas en los alrededores de la flamante ciudad de Santiago a modo de recompensa por la participación en la expedición.

Las formas más habituales de repartición de tierras eran la merced de tierras y la llamada encomienda. La merced de tierras era una concesión en que a cada vecino se le aseguraba un solar “en el cual debían construir su casa. Además del solar urbano, se le adjudicaba a la vez, en las afueras de la ciudad, parcelas menores para cultivos de huerta y chacra y mantener algún ganado.

“El que deseaba explotar una finca ganadera podía obtener, para ello, una propiedad rural más extensa, lejos de la ciudad. Estos predios de pasturas se llamaban hacienda, estancias o hatas.” (América Latina, R. Konetzke, página 40.).

En sus orígenes, la encomienda consistió en la asignación de un grupo de indígenas a un miembro de la hueste. Este último disponía de los indios encomendados a su cargo, pero era responsable —aunque demasiadas veces apenas en el mero papel— de su educación y protección. La verdad es que, como lo muestra la historia, que generalmente los encomenderos consideraban a los indios encomendados como una mera propiedad, y los trataban como a esclavos, castigándolos y hasta dándoles muerte si lo creían necesario, y usando de las mujeres indígenas para su satisfacción sexual.

Considerados por la Corona como inhabilitados para actuar por sí solos, los indígenas debían ser entregados como encomienda a alguien que se hiciera responsable de ellos y se encargara de la recepción de sus tributos. En Chile, este proceso fue muy lento y arbitrario, especialmente al inicio de su puesta en práctica, ya que se entregaban muchas veces en encomienda indígenas que no existían o mercedes de tierras en las afueras o cerca de la ciudad que todavía no se conocían y que distaban mucho de haber sido sometidas al dominio hispano.

Así, pues, resulta bastante interesante el hecho de que en los primeros meses del año 1542, don Pedro de Valdivia repartiera el territorio situado entre Copiapó y el Maule entre sesenta vecinos de Santiago. (Historia de Chile, Francisco A. Encina, Editorial Ercilla, Santiago de Chile, 1983-1984, tomo I, página 167.). Los límites de dichas donaciones, pues, no pudieron quedar muy claros si uno se atiene al conocimiento que en ese entonces se tenía del territorio que se estaba repartiendo, y, obviamente, debieron producirse no pocos roces internos.

En 1544 el encomendero del valle de Chile (Quillota) era don Pedro de Valdivia. Esta encomienda abarcaba un extenso territorio que incluía no solamente la totalidad del valle del Aconcagua, sino también el entero valle de Limache, todo el valle de la cuenca del Marga-Marga y el entero valle de Acuyo (Casablanca actual), hasta la cuesta de Zapata y la de Ibacache.

Más tarde, en reunión efectuada el 26 de abril de 1547, el Cabildo de Santiago, que tenía ingerencia sobre estas tierras también, procedió a hacer entrega de tierras para estancias y sementeras en la zona de la cuenca del Marga-Marga a tres vecinos de la ciudad.

El primero en recibir tierras fue Ortum Jerez. A este se le hizo entrega de “un pedazo de tierra para nuestra estancia y sementeras en el río arriba de Malga Malga, arriba de donde sacan oro, por cama de los tombillos que dicen del Inca, sobre la mano izquierda pasado el río, en una quebrada que entra en el mismo río de las minas, toda la quebrada en largo, que es desde donde entre el río de las mimas hasta arriba al nacimiento de la quebrada, y de ancho lo que tiene la dicha quebrada, lo cual es en el término y jurisdicción de esta dicha ciudad de Santiago.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

En la misma sesión del Cabildo se hace “merced y dona a Rodrigo de Araya, vecino de esta dicha ciudad, de un pedazo de tierra para su estancia y sementeras, pasto y labor, en el río de las minas el río arriba donde nace el dicho río, que hace dos brazos y de allí se juntan en las dichas tierras y se hace uno, de allí para arriba, que son en el término y jurisdicción de esta dicha ciudad.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

Igualmente se entregaron otras tierras en la zona. Una de éstas le correspondió a don García Hernández, y consistió de “un pedazo de tierra para vuestra estancia y sementeras pasto y labor en el río de las minas, junto a los tambos, por cama de ellos, el río arriba.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

De la misma forma en el caso de don Francisco de Riberos, a quien el Cabildo otorgó “un pedazo de tierra para vuestra estancia y sementeras, pasto y labor, en el río de las minas el río arriba, hacia donde nace el dicho río al cabo de las tierras y estancia que tiene Rodrigo de Araya.” (Colección de Historiadores de Chile y Documentos de la Historia Nacional, José Toribio Medina, Imprenta del Ferrocarril, Santiago de Chile, 1861, tomo i, página 122.).

En general, entre estos vecinos queda conformada la repartición de las tierras de Queupue, que pertenecía al valle de Quillota, esto es, el valle de Chile.

La historia tradicional de Quilpué, la que es oficialmente aceptada y difundida por las instancias municipales, supone que todo comenzó cuando, en plena conquista, el Cabildo de Santiago otorga las tierras de Quilpué (lo que, asimismo, se entiende como desde Peñablanca hasta Paso Hondo y desde Colliguay y el límite actual con Casablanca hasta el actual límite con Limache), situadas en el “Río de las Minas de Quillota”, a don Rodrigo de Araya, compañero de Valdivia, “en el año del Señor” de 1547. Sin embargo, como producto de investigaciones serias efectuadas en viejos documentos manuscritos procedentes de la Colonia que se encuentran en el Archivo Nacional, debe objetarse la presencia de don Rodrigo de Araya y su posesión del valle, incluso de las pocas y exiguas tierras que parece concederle el Cabildo, de acuerdo a lo antes citado, a lo menos hasta comienzos del siglo XVII. Incluso más, debería asumirse que nunca asumió la propiedad que le acordara el Cabildo si se toma en cuenta los siguientes hechos:

Auto Adjudicación de la Estancia de Quillota por parte de don Pedro de Valdivia (10 de febrero de 1546)
Traspaso de la Estancia de Quillota por parte de don Pedro de Valdivia al obispo de Santiago don Rodrigo González de Marmolejo (1553)
Testamento de don Rodrigo de Araya (1561)
Venta de Tierras en Quilpué por el cacique quillotano Joan Cadquitipay al presbítero don Julián de Landa (1587)
Merced de Tierras en Marga-Marga y Quilpué por parte del gobernador don Martín García Oñez de Loyola al capitán don Juan de Mendoza (1598)
Testamento de don Rodrigo de Araya (1604)
Mensura de las tierras del presbítero don Julián de Landa en Quilpué por el capitán Ginés de Lillo (1604)
Interrogatorio a caciques e indios de la Encomienda de don Diego González en Quilpué.
Juicio entre el presbítero don Julián de Landa y don Diego Godoy, sobre mejor derecho a tierras de Queupué, situadas en la jurisdicción de Quillota.

La transcripción de los documentos antes señalados deja en claro que en 1546 don Pedro de Valdivia tomó posesión de la Estancia de Quillota, que abarcaba los valles de Limache, Quilpué, Viña del Mar y Concón hasta la ribera del estero Marga-Marga, señalando que esa extensión había pertenecido “a los Incas pasados y estaba despoblada”. Con esta adjudicación de tierras en su propio beneficio, Valdivia se aseguraba el control y la pertenencia de las ricas minas de Marga-Marga.

Al año siguiente, don Rodrigo de Araya, mayordomo de Valdivia, pide y obtiene del Cabildo santiaguino tierras para estancias en el “Río de las Minas”. Sin embargo, las tierras solicitadas quedaban dentro de los límites de la estancia de Quillota, propiedad del gobernador don Pedro de Valdivia, por lo cual la posesión efectiva de sus tierras nunca las pudo haber realizado don Rodrigo de Araya, al menos mientras Valdivia estuvo en Santiago y a menos que Valdivia se lo hubiera permitido.

La propiedad sobre Quilpué la mantuvo Valdivia hasta 1553. existe constancia en cuanto a que en dichas tierras puso una manada de más de cinco mil cerdos, cuidada por indios, los que, de acuerdo a las fuentes, vivían y sembraban en un manantial o aguada que originaba un arroyo en medio del valle. Todas las demás tierras de Quilpué eran muy secas y estériles para ser cultivadas, al menos al decir de sus habitantes originarios.

Más tarde, en julio de 1553, Valdivia, antes de ir al sur, cedió legalmente las tierras de Quilpué, incluidas en la estancia de Quillota, al obispo don Rodrigo González Marmolejo, quien mantuvo la manada de cerdos, las faenas del lavado de oro y trajo indios desde Melipilla para dedicarlos al pastoreo.

En todo este tiempo, los documentos no mencionan actuación alguna en Quilpué de don Rodrigo de Araya o de sus representantes. Es más, en 1561, cuando don Rodrigo de Araya redacta su testamento, en ninguna parte menciona alguna propiedad suya en Quilpué. Este solo hecho debería ser suficiente prueba para entender que don Rodrigo de Araya en la práctica nunca ejerció derechos de propiedad sobre las tierras de Quilpué, ni nunca aparece vendiendo, cediendo o testando tierras algunas en este valle, lo que, obviamente, sería inimaginable si de verdad tuvo en sus manos estas tierras o parte de ellas. Por lo tanto, debe considerarse como parte de la leyenda popular, del mito, del folclor incluso, la sola idea de que alguna vez, de la mano de la primavera, hubiera don Rodrigo de Araya agasajado siquiera a alguien con un sarao en tierras de su propiedad por estas latitudes. Menos pudo haber construido alguna casa o rancho siquiera. Por lo demás, era bastante peligroso habitar por estos lados hasta bien tarde en los inicios de la Colonia. Si hasta los mineros que laboran las minas de Marga-Marga, y son muchos, piden al Cabildo de Santiago protección contra los indios, obviamente en su mayoría indios que incursionaban desde otros lugares aprovechando la fragosidad de las quebradas, cerros y colinas que dominan el paisaje quilpueíno.

En 1587, don Joan Cadquitipay, a quien se atribuye la calidad de un cacique principal de Quillota, vendió cuatro cuadras de tierra en Queipuoa o Queupoué (lugar conocido también como Pauco, Quepubue, Queupo, y Queipoa en los textos) a don Julián de Landa, presbítero de Quillota, a cambio de cuatro varas de paño de color azul para hacerse vestimentas, ante el asombro de muchos, quienes decían que las tierras “no valían tanto paño”. El cacique Cadquitipay manifiesta, en los documentos, haber heredado las tierras de su padre, cacique principal de Quillota fallecido en ese tiempo, don Pedro Lebiaronco, que antes de la Conquista poseía todos los valles hasta Valparaíso. Queda claro, además, de los documentos pertinentes, que los pikunches quillotanos no ocupaban estas tierras para la agricultura debido a que eran pocas “yermas y de mucha maleza de carrizales.” Queupué era, pues, tierra estéril, seca, no apta para sementeras, y nunca se las había querido cultivar en tiempos prehispanos, “cuando había mucha gente en este Reyno” (en palabras de don Diego Pinpo, un pikunche quillotano de más de ochenta años de edad, citado en los documentos como testigo ocular). En las tierras de Quilpué los pikunches vivían, salvo algunas escasas excepciones, solo en forma estacional, cuando había pastos verdes y llegaban guanacos, porque era el único provecho que se le podía sacar. No obstante, desde al menos los tiempos de la dominación incásica, el estero Marga-Marga, en el extremo meridional del valle, era un rico centro de extracción de oro, metal que era enviado a la capital del Tawantinsuyu, Qosqo, esto es, El Cuzco.

Pero en este sector aparentemente no había grandes siembras y bien parece que el hecho de que se trajeran brazos desde fuera sea testimonio real y efectivo de la carencia de una cantidad más o menos importante de pikunches en esta área. Aparentemente no solamente se traía trabajadores a los lavaderos desde fuera, sino que también todo lo necesario para alimentar a los extractores de oro venía desde fuera, especialmente del valle de Limache y del de Aconcagua.

Michimalonko mismo dice, al ser derrotado, y cuando regala los lavaderos a Pedro de Valdivia, que le hará llegar también los brazos necesarios en la forma de hombres y mujeres jóvenes.

Más tarde, cuando se establecen las obras de lavado de oro en el sector por parte de los españoles, de nuevo es necesario traer indios de fuera del valle para encarar los trabajos, y los españoles que guardan la extracción del oro desde las arenas del estero entienden que es desde fuera de este sector que vienen los indios que les atacan y matan casi a todos los españoles, negros y yanakonas, en vísperas del ataque y destrucción de Santiago de la Nueva Extremadura.

Posteriormente, cuando se construyen edificaciones apropiadas para la estadía y defensa de los trabajadores inmediatamente junto a los lavaderos, los españoles saben que tienen que vigilar los caminos de acceso al sector para evitar ser atacados con éxito por los aborígenes.

Aparentemente, pues, los únicos sectores capaces de sustentar población estable se encontraban a orillas del estero de Quilpué y sus afluentes, especialmente donde las quebradas que recibe por el norte han formado terrenos aptos, como en El Retiro, el Belloto o en Paso Hondo. Y aún así la población debió ser absolutamente escasa. Y probablemente escaseó mucho más a raíz de la conquista española, la que produjo una incalculable cantidad de muertos entre la población autóctona, ya fuera por las acciones defensivas o por las ofensivas que llevaban a cabo las fuerzas españolas, o bien por las acciones de batalla en que participaron.

Es obvio que también produjo una gran merma en la población pikunche la sublevación final protagonizada en contra de la administración inkaica, luego del repliegue de los ejércitos inkaicos a consecuencias de la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa, y luego tras la captura y ejecución de este último y la disolución definitiva del Tawantinsuyu. Tras el repliegue de almagro y sus fuerzas al Cuzco, es evidente que se produjo la acción bélica final entre los restos de la guarnición inkásica que permanecía en el país y las fuerzas combinadas de los lonkos rebeldes, acción que terminó con la destrucción del pukará y del poblado principal del valle de Aconcagua (Quillota), y el traslado de los restos del ejército quechua y del gobernador Kilikanta a Colina, en el valle del Mapocho, donde debió replegarse para continuar la lucha contra los rebeldes.

En cuanto al valle del Marga-Marga, los únicos establecimientos sedentarios más o menos estables debieron estar en el sector de Los Perales, Los Quillayes y La Retuca y en Las Palmas, donde podía practicarse algún regadío estacional, y donde después, con la dominación inkaica, la existencia de explotaciones auríferas en el estero y en las quebradas aledañas obligó a la existencia de alguna población con fines de abastecimiento para los trabajadores de los lavaderos y los requerimientos administrativos y de protección de dichas labores. En esta misma área surgió después, evidentemente sobre las ruinas de las viejas construcciones pikunches e inkaicas la población de San José de Marga-Marga, en el principal asiento del valle y con el rango de capital administrativa, donde debió residir una Doctrina, esto es, Parroquia de Indios, desde temprano, y obviamente sujeta a la de Quillota, cuando ésta surgió, pero al principio dependiente directamente de la Parroquia del Sagrario, en Santiago.

La misma realidad obligó a los españoles a establecer una guarnición en la llamada Casa Fuerte de Chile (es decir, de Quillota), que parece no haber estado en el sitio de la actual Quillota sino en el valle de Limache. Pero también hubo establecimientos relacionados con la explotación aurífera de Marga-Marga, los cuales fueron establecidos originalmente donde antaño los conquistadores inkásicos los habían tenido: los llamados tambillos. Dichas también preexistentes edificaciones fueron establecidas durante el período de la dominación inkaica como una forma de apoyar la administración de los dilatados territorios que formaban parte del Tawantinsuyu, el Imperio inka. Los tambillos existentes en el valle de Marga-Marga debieron ser edificaciones de dos clases y naturalezas diferentes. Unos eran los paraderos o posadas que existían a lo largo del camino para refugio de los chaskis o correos y también lugares donde los viajeros podían pernoctar, y que estaban equipados con provisiones y elementos básicos para la estadía; los otros eran instalaciones especialmente diseñadas y equipadas para servir como centros administrativos de las labores de extracción del oro en el estero Marga-Marga y sus afluentes. Los tambillos, tombillos o tambos a que se refieren los documentos coloniales corresponden mayormente a las instalaciones de un centro administrativo inkaico, que fue usado posteriormente por los españoles por cama, es decir, como lugar de descanso, junto a los lugares de las faenas.

En cuanto a la venta efectuada por don Joan Cadquitipay al presbítero don Julián de Landa, ésta se formalizó ante el corregidor de Quillota, quien solamente autorizó la transacción luego de reunir información de testigos sobre la efectiva propiedad y valor de las tierras, a objeto de evitar algún posible fraude. Buscó la confirmación testimonial de dos indios viejos y conocedores de la comarca, don Rodrigo, un cacique principal de Quillota que tenía ya sesenta años de edad y el ya nombrado don Diego Pinpo, de más de ochenta años de edad.

En las tierras que adquirió, don Julián de Landa plantó viñedos y colocó ganado. Su hermano, el capitán don Juan de Mendoza, vecino de La Serena, estando en La Imperial, pidió al gobernador Oñez de Loyola, el 11 de diciembre de 1598, la merced de “unas tierras baldías, lomas rasas y quebradas que están en el valle de Quepoa y en contorno de las minas de Quillota [...] hasta las tierras de la viña del capitán Alonso de Riberos que tiene en el mar.” El gobernador accedió y le otorgó la merced solicitada.

Esta merced incluía las mismas tierras compradas anteriormente por don Julián de Landa, y confirmaron su propiedad, después que su hermano Juan de Mendoza renunció a ellas y le traspasó, mediante donación, los derechos de la merced que otorgara a su hermano el gobernador Oñez de Loyola.

La posesión fue confirmada luego de la visita y mesura practicadas por el Juez de Tierras, capitán don Ginés de Lillo, en el año 1604. en dicha mensura y recorrido de los límites, quedó demarcado el territorio situado entre los esteros de Quilpué y Marga-Marga, desde lo que ahora es Paso Hondo hasta Villa Alemana, “excepto 100 cuadras (en Malga Malga) [...] medidas amojonadas a los herederos de Antonio Núñez, difunto [...]”

Luego de eso, entre 1613 y 1619 se tuvo que dirimir un juicio entre el presbítero don Julián de Landa y don Diego Godoy. Éste último era heredero del obispo Rodrigo González en la posesión de la Estancia de Limache. Godoy reclamaba la propiedad sobre las tierras de Quilpué en atención a que anteriormente había sido propiedad del difunto obispo, que había recibido esas tierras como parte de la Estancia de Quillota, que Valdivia le cediera. Aparentemente, Godoy ganó ese juicio ante el Tribunal de la Real Audiencia de Santiago, ya que en su testamento, escrito en 1623, el presbítero Julián de Landa no menciona de manera alguna entre sus otras tierras las que había adquirido previamente en Quilpué.

De este hecho se puede colegir que hasta ese momento al menos las tierras de Quilpué se consideraban parte integrante de la vasta Estancia de Limache.

Es muy probable que en algún momento se haya separado de las tierras de la Estancia de Limache los terrenos que quedaban más o menos inmediatos al estero Marga-Marga, o que los beneficiarios de los lavaderos de oro del estero pagaran a la Estancia de Limache las servidumbres y derechos correspondientes por el hecho de usufructuar de esos terrenos y por los talajes y la leña y el carbón que se procuraban de los montes inmediatos, como ocurrió en el vecino valle de Colliguay.

De todas maneras, la costumbre española de dividir los territorios y las propiedades por medio de cursos de agua, puede apoyar la conclusión de que la Estancia de Limache poseía los terrenos del valle de Quilpué hasta el estero Marga-Marga, y que este estero formaba la división real y efectiva con la también extensa Estancia de Acuyo o de Casablanca.

Esta división es histórica, y se mantendrá hasta la consolidación de la Comuna de Quilpué, cuando los territorios pertenecientes al municipio de Marga-Marga, y que constituían los antiguos territorios casablanquinos que formaban la parte meridional del valle, con San José de Marga-Marga como capital y centro administrativo, fueron segregados del Departamento de Casablanca y sumados al territorio de aquélla Comuna, lo mismo que los territorios del distrito de Colliguay un poco después.

Durante los siglos XVII y XVIII, las tierras de Quilpué, despobladas y convertidas en estancia ganadera, pasaron a manos de una familia de acaudalados comerciantes santiaguinos, los Toro Mazote, como se ve de un juicio de Andrés de Toro Mazote contra José Díaz Meneses, para que le restituya la estancia, en 1695.

Más tarde, las tierras de Quilpué pasan a manos del Convento de la Merced, de Santiago, como lo prueba el juicio que se llevó a cabo en contra de don Pedro Arias por cobro de arrendamiento, en 1792.

En el siglo XIX, las tierras de Quilpué pasan a manos de las familias quillotanas de los Valencia y de los Araya. Entre 1810 y 1820 se ventila el famoso juicio de don Gregorio de la Cerda en contra de don José Araya, albaceas de doña María Valencia, sobre nulidad de venta de la estancia.

De ahí en adelante se irá produciendo una seguidilla de alteraciones derivadas de la aparición de nuevos propietarios y de la subdivisión de la propiedad por sucesión testamentaria y ventas a particulares.

Ha de entenderse que estas notas no son definitivas, sino que obedecen al objetivo de incentivar una profunda y exhaustiva, a la vez que desapasionada, investigación que pueda arrojar mayor luz sobre este y otros aspectos de la historia local.
Véase, también, Los Verdaderos Orígenes de Quilpué, de la Leyenda a la Realidad, Revista Encuentro 94, Quilpué, 1994.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy de Santiago, pero conosco bien la quinta región, Villa Alemana, Peñablanca, y Quilpue son lugares que guardo en el corazon, espero en algunos años mas tener una casa o parcela y vivir allá.
En el marga marga estuve lavando oro, salió ,pero muy poco, sólo lo hicimos como entretención.

Anónimo dijo...

ojala este texto tan interesante sirva para entusiasmar otros estudios similares que pongan en valor la aburrida contemporaneidad basada en el desconocimiento de la memoria lugar ,como si aqui nunca hubiera pasado nada, y por otro lado convoque a realizar esfuerzos por revertir con hechos concretos esa desproteccion de los sitios historicos.

Anónimo dijo...
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